martes, 12 de octubre de 2010

Fantasía extrema

Aquella noche pasé a recogerte con el coche. Había estado especialmente febril con mis llamadas y al final te había convencido para que ya llevaras puesto, bajo tu ropa, el conjunto de lencería de malla negra que te regalé y un buen par de taconazos a juego. Tú creías que íbamos, para no variar, a nuestro rincón favorito, pero yo cambié de rumbo, conduje hasta un polígono industrial y entré en el interior de una vieja nave abandonada. Te dije que me daba morbo follarte en el coche, que hacía siglos que no lo habíamos hecho ahí. Tú protestaste, porque el sitio era muy cutre y te daba un poco de miedo. Yo te callé a base de muerdos y empecé a sobarte y a desnudarte, hasta que te dejé sólo con la ropa interior y volví, cómo no, a ponerte los tacones.

Te dije que pasaras al asiento trasero y te abrieras bien de piernas, pues quería grabar cómo te masturbabas con un consolador que saqué de la guantera. Te gustó la idea y ya empezabas a olvidarte del entorno cuando yo, mientras grababa con mi cámara desde el asiento delantero tus primeros escarceos con tu coño, me giré hacia al volante e hice un par de destellos con las luces largas. 





Tú preguntaste, extrañada y algo irritada, qué estaba pasando. Te dije que confiaras en mí, que lo íbamos a pasar en grande y que continuaras. No me costó mucho convencerte, la verdad: cierta fantasía tantas veces compartida hacía las cosas más fáciles, así que seguiste frotando el consolador en los labios de tu cada vez más dilatado y húmedo coño. Unas sombras se fueron acercando al coche mientras te ordenaba, ronco, que tus dedos también lubricaran el culo, que te iba a hacer falta. No me sorprendió nada que, de inmediato, te emplearas bien a fondo con la doble tarea.

Mientras, en el exterior del coche, media docena o más de tipos se habían congregado alrededor. Afuera estaba muy oscuro y dentro del coche había luz, así que tú sólo veías reflejos de rostros, algunos jóvenes y otros más curtidos, que se asomaban por turnos a las ventanillas traseras, ávidos por saborear el espectáculo que les estabas ofreciendo. Yo seguía grabando tu cuerpo y tu cara de zorra, mientras hacías deslizar con increíble facilidad el consolador en tu coño, hasta el fondo, y dos dedos se encargaban de dilatar tu esfínter. Afuera se oían exclamaciones a media voz. Estaban flipando contigo, con lo buena que estabas y lo zorra que eras. Algunos, los más ansiosos, acercaban sus pollas erectas a los cristales de las ventanillas, para que vieras lo duras y palpitantes que las habías puesto. La mía estaba a punto de reventar en el interior de los pantalones, pero yo sabía que iba a tardar bastante en llegar mi turno.

Te pregunté si te apetecía probar alguna de aquellas pollas, si querías chuparlas a conciencia o que exploraran tus interiores. No dijiste ni una palabra, pero se te escapó un gemido mientras tu consolador hacía tope antes de asentir con la cabeza. Te dije que lo quería oír, y que me lo pidieras como es debido. "Quiero chuparlas y que me follen. Por favor". "Así está bien", te dije, "Pero quiero que se lo pongas muy fácil: antes métete bien a fondo el consolador por el culo. Y que te vean bien".

Cambiaste de postura y me diste la espalda. Pusiste las tetas contra el respaldo del asiento y el culo bien en pompa, justo debajo de la luz del techo del coche. El plano era de primera. Chupaste los flujos vaginales que chorreaban del dildo mientras te metías tres dedos en el culo. En las ventanillas podías ver cómo algunos de los tipos empezaban a masturbarse, gruñían y te jaleaban y te pedían que salieras fuera.



Alguno incluso intentó abrir una portezuela trasera, pero yo había echado el seguro. Les estabas incitando demasiado: te deseaban como animales y empezaban a pelearse por tener una buena vista del show que les estabas regalando. Tu cuerpo enfundado con las medias de red y el ligero y adornado con los taconazos, mostrándolo todo, y tu carita de ángel perverso eran la viva imagen de la lujuria. Todas esas pollas necesitaban imperiosamente tu atención. Tú eras sobradamente consciente de ello y tu boca, tu coño y tu culo no podían estar más ávidos. Por eso te dejaste de tonterías y poco a poco, pero sin dejar de empujar, te metiste el dildo hasta el fondo. Se me escapó un "JODER" mientras te metías caña en el culo y fuera del coche, una de las pollas, probablemente de uno de los jovencitos, eyaculó contra el cristal.

"Para", te dije, "Mira lo que has hecho". "Sal fuera y límpialo".

Te sacaste el consolador del culo, pero antes de cambiar de postura nos enseñaste lo dilatado que lo tenías abriéndolo con tus dedos. Era impresionante. Tuve que tragar saliva y hacer un esfuerzo tremendo para no sacar la polla de su prisión y follártelo salvajemente. Fuera se notaba la tensión: otras pollas se estaban masturbando con ganas, no podían esperar más. Solté el seguro del coche y me bajé. Los aparté del coche y formaron un semicírculo frente a la puerta trasera manchada de semen, que abrí para dejar que salieras. Saliste del coche y te pusiste de pie delante de todos. Eras una puta diosa del sexo. A casi todos les superabas en altura, gracias a tu taconazos y a que parecían haber encogido ante tu presencia. Me costó contenerlos, estaban a punto de lanzarse sobre ti, pero antes debías hacer una cosa y te lo recordé. Cerraste la puerta del coche y lentamente te giraste hacia la ventanilla, dándonos la espalda y arqueándola ligeramente, ofreciéndonos tu espectacular culo, mientras tu boca se acercaba al cristal y empezaba a lamer el semen del chaval.

“Ahora”, les dije, “Es toda vuestra”.

Te cogieron sin contemplaciones, casi con violencia. Tres pollas se acercaron a tu boca mientras otro te agarraba los pechos y otros tres se aferraban a tu cintura, peleando entre ellos por ser el primero en metértela. Tuve que poner orden, les dije que había para todos, que no se pusieran nerviosos. Tú colaborabas con eficacia, pues empezaste a emplearte con la boca chorreante de semen recién lamido con una de las pollas mientras tus manos atendían a las otras dos. Dominabas a las fieras con tu maestría. A los tipos de atrás les impuse un orden y otro jovencito imberbe tuvo la suerte infinita de ser el primero en probar tu coño. El chaval jadeó profundamente al meterla y tras tres empellones se corrió en tu interior, llenándote de semen caliente. El cincuentón que le seguía lo apartó de un empujón y la metió en tu inundado coño. Yo no dejaba de dar vueltas con la cámara, grabándolo todo con detalle. Me acerqué a tu cara y te dije que esas tres pollas que tenías a mano tenían que vaciarse en tu garganta. Tú asentiste con la cabeza mientras, hambrienta, te tragabas una de ellas.

El cincuentón, como había previsto, duraba mucho más que el chaval. El tío te follaba despacio, empujando la polla hasta el fondo con fuerza, obligándote a gemir. Otro tipo mayor que estaba debajo de ti, sentado en el suelo y comiéndote los pezones, se puso a frotar tu clítoris mientras el otro te follaba. Pareció una señal, pues te pusiste a jadear y a chupar más rápidamente la polla que en ese momento tenías en la boca hasta que el tipo se corrió. Tú no le dejaste sacarla hasta que no acabó de estremecerse y luego abriste la boca y me enseñaste tu boca rebosante de semen antes de tragártelo. "Muy bien, puta", te dije, "Sigue". Me moría por follarte: tenía el calzoncillo húmedo de líquido preseminal y la bragueta a punto de reventar, pero no quería dejar de grabar ni un segundo. Le dedicaste tu atención a una polla gruesa y corta, muy venosa, que tenía un glande enorme y oscuro. Lo empezaste a lamer como una zorra, recreándote, mientras mirabas a la cámara y a mis ojos.

El cincuentón que estaba follándote empezó a acelerar el ritmo y a resoplar. El viejo que te sobaba el clítoris comenzó a frotar más rápido y con más fuerza. Se te escapaban jadeos de la boca mientras intentabas abarcar con ella esa gruesa polla y, casi sin avisar, empezaste a retorcerte y a gritar tus gemidos. Estabas a punto de correrte. Los dos viejos se percataron y te dieron más caña en el coño hasta que te corriste a lo bestia, estremeciéndote de placer y provocando que el cincuentón se corriera a su vez en tu coño. 

Cuando el tipo sacó su polla, un reguero de semen se escapó de tu interior. Mientras grababa ese primer plano, tu culo en pompa con el coño y el ano tan enrojecidos y dilatados, no pude evitarlo: le di la cámara al cincuentón que se acababa de correr dentro de ti y le dije que siguiera grabando. Aparté a los tipos, te di la vuelta y me saqué la polla. Me miraste sorprendida y sonreíste antes de empezar a chuparla despacio, lamiendo las gotas que rezumaban de mi capullo. Me matabas de gusto, pero yo quería reservarme para otra cosa, así que te aparté, me senté en el suelo con la espalda contra el coche y te dije que te sentaras de espaldas hacia mí, frente a ellos, y te la metieras en el culo. Me obedeciste sin rechistar. Mi polla te entró en el culo acogiéndola como si fuera ese su sitio natural, el sentido de su existencia. Estabas ardiendo por dentro. El semen que surgía de tu coño resbaló por tu entrepierna hacia la mía, pero no me importó lo más mínimo. Los tipos se acercaron hacia ti y tú retomaste tu trabajo con el de la polla gruesa, mientras otros te sobaban y te mosdisqueaban los pechos y otro de los que esperaban se arrodillaba frente a ti y empezaba a metértela por el coño. 



Dos tipos se encargaron de sujetarte las piernas levantadas y abiertas mientras mi polla y la del otro tipo te perforábamos y tú te tragabas el otro pollón. Ninguna parte de tu cuerpo tocaba el suelo. Una docena de manos te recorrían y sobaban mientras tus tres orificios eran mancillados por sendos rabos. Notaba tu culo estrechísimo, presionado por la polla del otro tipo que te empujaba con ganas. Mi polla casi no se movía en tu interior debido a la postura, pero ni falta que me hacía: tenía que contenerme para no correrme enseguida. El que te estaba follando el coño, en cambio, no pudo esperar y se corrió al poco. Tu hambrienta vagina se estaba portando estupendamente y estaba resultando tan insaciable como siempre había imaginado.

El sobe y los agarrones habían rasgado la malla de tus medias por varios sitios y estabas empapada de semen y de babas. Tenías el aspecto de la puta más abyecta, pero eso no sólo no parecía importarte, sino todo lo contrario: te ponía más cerda. El tipo de la polla gruesa la sacó de tu boca y se corrió en tu cara abundantemente, llenándote de semen el pelo, los ojos y las mejillas. Tú lo recogiste todo con los dedos, te los llevabas a la boca y los relamías, mientras el cámara no perdía detalle.



Otros siguieron pasando por tu coño y por tu boca. Los jovencitos repitieron. A uno de ellos, el que se había corrido contra el cristal, le regalaste tal cumplido tempranero con la mamada más viciosa y talentosa que iba a disfrutar en toda su vida. Mientras todos seguían disfrutando de ti y llenándote con su leche de arriba a abajo, yo te sujetaba por las caderas, evitando que te movieras en lo posible: hacía mucho tiempo que estaba a punto de reventar.

Al final, todos los tipos, cuando acabaron por saciarse, se largaron sin decir una palabra. Sólo quedó la cámara en el suelo, junto al coche, y todo el semen que habían eyaculado dentro y encima de ti. Te levantaste y te diste la vuelta. Me obligaste a mirarte. Frente a mí estaba la diosa de la lujuria más perversa que había podido imaginar. Tragué saliva. Tú te acercaste y volviste a sentarte encima de mí, esta vez dejando que mi polla entrara en tu saturado y rezumante coño. "¿Te gusta, cabrón?", me preguntaste, mientras me follabas despacio y me comías la boca. Olías y sabías a sexo salvaje. Me volví loco y mi polla estuvo a punto de estallar, pero tú lo notaste, paraste y te la volviste a meter en el culo. 

Mientras nos comíamos la boca, nos mordíamos el cuello y te abrazaba con fuerza, me corrí con el orgasmo más intenso y salvaje que había sentido jamás.

FIN