Aquella noche pasé a recogerte con el coche. Había estado especialmente febril con mis llamadas y al final te había convencido para que ya llevaras puesto, bajo tu ropa, el conjunto de lencería de malla negra que te regalé y un buen par de taconazos a juego. Tú creías que íbamos, para no variar, a nuestro rincón favorito, pero yo cambié de rumbo, conduje hasta un polígono industrial y entré en el interior de una vieja nave abandonada. Te dije que me daba morbo follarte en el coche, que hacía siglos que no lo habíamos hecho ahí. Tú protestaste, porque el sitio era muy cutre y te daba un poco de miedo. Yo te callé a base de muerdos y empecé a sobarte y a desnudarte, hasta que te dejé sólo con la ropa interior y volví, cómo no, a ponerte los tacones.
Te dije que pasaras al asiento trasero y te abrieras bien de piernas, pues quería grabar cómo te masturbabas con un consolador que saqué de la guantera. Te gustó la idea y ya empezabas a olvidarte del entorno cuando yo, mientras grababa con mi cámara desde el asiento delantero tus primeros escarceos con tu coño, me giré hacia al volante e hice un par de destellos con las luces largas.
Tú preguntaste, extrañada y algo irritada, qué estaba pasando. Te dije que confiaras en mí, que lo íbamos a pasar en grande y que continuaras. No me costó mucho convencerte, la verdad: cierta fantasía tantas veces compartida hacía las cosas más fáciles, así que seguiste frotando el consolador en los labios de tu cada vez más dilatado y húmedo coño. Unas sombras se fueron acercando al coche mientras te ordenaba, ronco, que tus dedos también lubricaran el culo, que te iba a hacer falta. No me sorprendió nada que, de inmediato, te emplearas bien a fondo con la doble tarea.
Mientras, en el exterior del coche, media docena o más de tipos se habían congregado alrededor. Afuera estaba muy oscuro y dentro del coche había luz, así que tú sólo veías reflejos de rostros, algunos jóvenes y otros más curtidos, que se asomaban por turnos a las ventanillas traseras, ávidos por saborear el espectáculo que les estabas ofreciendo. Yo seguía grabando tu cuerpo y tu cara de zorra, mientras hacías deslizar con increíble facilidad el consolador en tu coño, hasta el fondo, y dos dedos se encargaban de dilatar tu esfínter. Afuera se oían exclamaciones a media voz. Estaban flipando contigo, con lo buena que estabas y lo zorra que eras. Algunos, los más ansiosos, acercaban sus pollas erectas a los cristales de las ventanillas, para que vieras lo duras y palpitantes que las habías puesto. La mía estaba a punto de reventar en el interior de los pantalones, pero yo sabía que iba a tardar bastante en llegar mi turno.
Te pregunté si te apetecía probar alguna de aquellas pollas, si querías chuparlas a conciencia o que exploraran tus interiores. No dijiste ni una palabra, pero se te escapó un gemido mientras tu consolador hacía tope antes de asentir con la cabeza. Te dije que lo quería oír, y que me lo pidieras como es debido. "Quiero chuparlas y que me follen. Por favor". "Así está bien", te dije, "Pero quiero que se lo pongas muy fácil: antes métete bien a fondo el consolador por el culo. Y que te vean bien".
Cambiaste de postura y me diste la espalda. Pusiste las tetas contra el respaldo del asiento y el culo bien en pompa, justo debajo de la luz del techo del coche. El plano era de primera. Chupaste los flujos vaginales que chorreaban del dildo mientras te metías tres dedos en el culo. En las ventanillas podías ver cómo algunos de los tipos empezaban a masturbarse, gruñían y te jaleaban y te pedían que salieras fuera.
Alguno incluso intentó abrir una portezuela trasera, pero yo había echado el seguro. Les estabas incitando demasiado: te deseaban como animales y empezaban a pelearse por tener una buena vista del show que les estabas regalando. Tu cuerpo enfundado con las medias de red y el ligero y adornado con los taconazos, mostrándolo todo, y tu carita de ángel perverso eran la viva imagen de la lujuria. Todas esas pollas necesitaban imperiosamente tu atención. Tú eras sobradamente consciente de ello y tu boca, tu coño y tu culo no podían estar más ávidos. Por eso te dejaste de tonterías y poco a poco, pero sin dejar de empujar, te metiste el dildo hasta el fondo. Se me escapó un "JODER" mientras te metías caña en el culo y fuera del coche, una de las pollas, probablemente de uno de los jovencitos, eyaculó contra el cristal.
"Para", te dije, "Mira lo que has hecho". "Sal fuera y límpialo".
Te sacaste el consolador del culo, pero antes de cambiar de postura nos enseñaste lo dilatado que lo tenías abriéndolo con tus dedos. Era impresionante. Tuve que tragar saliva y hacer un esfuerzo tremendo para no sacar la polla de su prisión y follártelo salvajemente. Fuera se notaba la tensión: otras pollas se estaban masturbando con ganas, no podían esperar más. Solté el seguro del coche y me bajé. Los aparté del coche y formaron un semicírculo frente a la puerta trasera manchada de semen, que abrí para dejar que salieras. Saliste del coche y te pusiste de pie delante de todos. Eras una puta diosa del sexo. A casi todos les superabas en altura, gracias a tu taconazos y a que parecían haber encogido ante tu presencia. Me costó contenerlos, estaban a punto de lanzarse sobre ti, pero antes debías hacer una cosa y te lo recordé. Cerraste la puerta del coche y lentamente te giraste hacia la ventanilla, dándonos la espalda y arqueándola ligeramente, ofreciéndonos tu espectacular culo, mientras tu boca se acercaba al cristal y empezaba a lamer el semen del chaval.
“Ahora”, les dije, “Es toda vuestra”.
Te cogieron sin contemplaciones, casi con violencia. Tres pollas se acercaron a tu boca mientras otro te agarraba los pechos y otros tres se aferraban a tu cintura, peleando entre ellos por ser el primero en metértela. Tuve que poner orden, les dije que había para todos, que no se pusieran nerviosos. Tú colaborabas con eficacia, pues empezaste a emplearte con la boca chorreante de semen recién lamido con una de las pollas mientras tus manos atendían a las otras dos. Dominabas a las fieras con tu maestría. A los tipos de atrás les impuse un orden y otro jovencito imberbe tuvo la suerte infinita de ser el primero en probar tu coño. El chaval jadeó profundamente al meterla y tras tres empellones se corrió en tu interior, llenándote de semen caliente. El cincuentón que le seguía lo apartó de un empujón y la metió en tu inundado coño. Yo no dejaba de dar vueltas con la cámara, grabándolo todo con detalle. Me acerqué a tu cara y te dije que esas tres pollas que tenías a mano tenían que vaciarse en tu garganta. Tú asentiste con la cabeza mientras, hambrienta, te tragabas una de ellas.
El cincuentón, como había previsto, duraba mucho más que el chaval. El tío te follaba despacio, empujando la polla hasta el fondo con fuerza, obligándote a gemir. Otro tipo mayor que estaba debajo de ti, sentado en el suelo y comiéndote los pezones, se puso a frotar tu clítoris mientras el otro te follaba. Pareció una señal, pues te pusiste a jadear y a chupar más rápidamente la polla que en ese momento tenías en la boca hasta que el tipo se corrió. Tú no le dejaste sacarla hasta que no acabó de estremecerse y luego abriste la boca y me enseñaste tu boca rebosante de semen antes de tragártelo. "Muy bien, puta", te dije, "Sigue". Me moría por follarte: tenía el calzoncillo húmedo de líquido preseminal y la bragueta a punto de reventar, pero no quería dejar de grabar ni un segundo. Le dedicaste tu atención a una polla gruesa y corta, muy venosa, que tenía un glande enorme y oscuro. Lo empezaste a lamer como una zorra, recreándote, mientras mirabas a la cámara y a mis ojos.
El cincuentón que estaba follándote empezó a acelerar el ritmo y a resoplar. El viejo que te sobaba el clítoris comenzó a frotar más rápido y con más fuerza. Se te escapaban jadeos de la boca mientras intentabas abarcar con ella esa gruesa polla y, casi sin avisar, empezaste a retorcerte y a gritar tus gemidos. Estabas a punto de correrte. Los dos viejos se percataron y te dieron más caña en el coño hasta que te corriste a lo bestia, estremeciéndote de placer y provocando que el cincuentón se corriera a su vez en tu coño.
Cuando el tipo sacó su polla, un reguero de semen se escapó de tu interior. Mientras grababa ese primer plano, tu culo en pompa con el coño y el ano tan enrojecidos y dilatados, no pude evitarlo: le di la cámara al cincuentón que se acababa de correr dentro de ti y le dije que siguiera grabando. Aparté a los tipos, te di la vuelta y me saqué la polla. Me miraste sorprendida y sonreíste antes de empezar a chuparla despacio, lamiendo las gotas que rezumaban de mi capullo. Me matabas de gusto, pero yo quería reservarme para otra cosa, así que te aparté, me senté en el suelo con la espalda contra el coche y te dije que te sentaras de espaldas hacia mí, frente a ellos, y te la metieras en el culo. Me obedeciste sin rechistar. Mi polla te entró en el culo acogiéndola como si fuera ese su sitio natural, el sentido de su existencia. Estabas ardiendo por dentro. El semen que surgía de tu coño resbaló por tu entrepierna hacia la mía, pero no me importó lo más mínimo. Los tipos se acercaron hacia ti y tú retomaste tu trabajo con el de la polla gruesa, mientras otros te sobaban y te mosdisqueaban los pechos y otro de los que esperaban se arrodillaba frente a ti y empezaba a metértela por el coño.
Dos tipos se encargaron de sujetarte las piernas levantadas y abiertas mientras mi polla y la del otro tipo te perforábamos y tú te tragabas el otro pollón. Ninguna parte de tu cuerpo tocaba el suelo. Una docena de manos te recorrían y sobaban mientras tus tres orificios eran mancillados por sendos rabos. Notaba tu culo estrechísimo, presionado por la polla del otro tipo que te empujaba con ganas. Mi polla casi no se movía en tu interior debido a la postura, pero ni falta que me hacía: tenía que contenerme para no correrme enseguida. El que te estaba follando el coño, en cambio, no pudo esperar y se corrió al poco. Tu hambrienta vagina se estaba portando estupendamente y estaba resultando tan insaciable como siempre había imaginado.
El sobe y los agarrones habían rasgado la malla de tus medias por varios sitios y estabas empapada de semen y de babas. Tenías el aspecto de la puta más abyecta, pero eso no sólo no parecía importarte, sino todo lo contrario: te ponía más cerda. El tipo de la polla gruesa la sacó de tu boca y se corrió en tu cara abundantemente, llenándote de semen el pelo, los ojos y las mejillas. Tú lo recogiste todo con los dedos, te los llevabas a la boca y los relamías, mientras el cámara no perdía detalle.
Otros siguieron pasando por tu coño y por tu boca. Los jovencitos repitieron. A uno de ellos, el que se había corrido contra el cristal, le regalaste tal cumplido tempranero con la mamada más viciosa y talentosa que iba a disfrutar en toda su vida. Mientras todos seguían disfrutando de ti y llenándote con su leche de arriba a abajo, yo te sujetaba por las caderas, evitando que te movieras en lo posible: hacía mucho tiempo que estaba a punto de reventar.
Al final, todos los tipos, cuando acabaron por saciarse, se largaron sin decir una palabra. Sólo quedó la cámara en el suelo, junto al coche, y todo el semen que habían eyaculado dentro y encima de ti. Te levantaste y te diste la vuelta. Me obligaste a mirarte. Frente a mí estaba la diosa de la lujuria más perversa que había podido imaginar. Tragué saliva. Tú te acercaste y volviste a sentarte encima de mí, esta vez dejando que mi polla entrara en tu saturado y rezumante coño. "¿Te gusta, cabrón?", me preguntaste, mientras me follabas despacio y me comías la boca. Olías y sabías a sexo salvaje. Me volví loco y mi polla estuvo a punto de estallar, pero tú lo notaste, paraste y te la volviste a meter en el culo.
Mientras nos comíamos la boca, nos mordíamos el cuello y te abrazaba con fuerza, me corrí con el orgasmo más intenso y salvaje que había sentido jamás.
FIN
martes, 12 de octubre de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
Comida de trabajo (II)
El pub estaba prácticamente vacío. Sólo tres ruidosos tipos, que jugaban a los dardos en un rincón mientras vaciaban sendos cubatas, formaban toda la clientela. Tras la barra, una chica eslava de mirada aburrida tardó un buen par de minutos antes de preguntarles, con un gesto silencioso, qué iban a tomar. Como a ella no le apetecía un carajillo, pidieron cafés solos, descafeinado de máquina para ella. Ella ni siquiera esperó a que los sirvieran para consultar la hora en el móvil. Los augurios no se presentaban favorables, pensó Joaquín mientras notaba cómo la euforia se iba deshinchando tan rápido como había llegado, especialmente cuando tomó el primer sorbo del café. Sabía a quemado y tenía posos flotando. Se lo comentó a ella, buscando un poquito de solidaridad, pero ella le replicó que el suyo estaba muy bueno.
El café era ruin, pero actuó de inmediato sobre la vejiga repleta de cerveza de Joaquín y tuvo que salir disparado al baño a vaciarla. “No te aburras”, le dijo a modo de despedida, a lo que ella respondió echando de nuevo un vistazo a la pantalla del móvil. La meada fue larga y abundante, pero aun así él se conocía lo bastante como para saber que no tardaría mucho en tener que regresar al baño. Es lo que provocaba en su cuerpo la combinación de cebada fermentada, cafeína y muchos nervios.
Al salir del baño a Joaquín le cayó el alma a los pies. En la barra, ella conversaba animadamente, todo sonrisas, con uno de los tipos que había visto jugando a los dardos. Era un tipo más joven que Joaquín y bastante más alto, por lo menos le sacaba una cabeza. Estaba recostado en la barra, inclinado sobre la chavala y con un cubata en la mano: la típica postura de depredador que el propio Joaquín había empleado tantas veces. Pero lo más sangrante para Joaquín fue que ella, al fin –después de esperarlo en vano durante toda la comida-, se había decidido a quitarse la rebequita que disimulaba a duras penas su escote. Debajo de la rebeca se reveló un top ajustado de tirantes que acentuaba las formas redondas y voluminosas de sus pechos. Además, se fijó Joaquín mientras se le formaba otro nudo en la garganta, tenía los pezones erizados, destacando a través de la fina tela.
Joaquín se aproximó a la barra intentando aparentar dignidad y buen rollito. Algo muy gracioso debía estar contándole el tipo a ella, pues cuando llegó a su altura ninguno de los dos le prestó atención. Cuando el tipo acabó de hablar, ambos estallaron en carcajadas mientras Joaquín esbozaba una sonrisa de circunstancias. “Hola”, dijo un rato después, cuando las risas empezaron a decaer. Sólo entonces ella pareció percatarse de la presencia de Joaquín y, tras secarse los lagrimones, los presentó. Se trataba de un antiguo cliente con el que estuvo trabajando antes de incorporarse a la empresa de Joaquín. “El mejor de los clientes que he tenido.”, subrayó ella. “Y tú, la comercial más guapa y encantadora que conoceré nunca”, le correspondió el tipo. “Exagerado”, protestó la chavala haciendo un mohín mientras el otro alzaba la copa brindando por ella. Joaquín miraba hacia los lados, el suelo y el techo, buscando un lugar donde refugiarse, y se topó con la mirada lánguida de la camarera. No, en esos ojos fríos tampoco iba a encontrar cobijo.
Mientras ellos seguían la conversación y Joaquín hacía como que participaba asintiendo con la cabeza, la mala leche empezó a apoderarse de su interior. “Yo no soy el puto pagafantas de nadie. A tomar por saco.”, se dijo, mientras apuraba de un trago los restos de su inmundo café y se disponía a excusarse de cualquier forma antes de largarse. Sin embargo, justo en ese momento, los compañeros del tipo aparecieron y, mientras se recreaban con descaro en las tetas de ella, cogieron al tipo y se lo llevaron en volandas, pues había unas rusas esperando no se sabía muy bien dónde.
Joaquín se sintió liberado, como si le hubieran quitado una losa de encima. El cabreo que sentía se desvaneció por completo. Ella hizo un comentario sarcástico sobre las previsibles debilidades de los hombres y él le correspondió con otra chanza sobre tópicos femeninos. Se enzarzaron en una pequeña escaramuza de la interminable guerra de sexos que acabó con los dos riéndose de las ocurrentes puyas que le dedicaba el otro. Joaquín, al fin relajado, esbozaba una sonrisa bobalicona de satisfacción que se borró de inmediato cuando vio que ella, una vez más, sacaba el móvil del bolso y consultaba la hora. “Se me está haciendo tarde”, dijo con un tono de resignación que a él le sonó fingido.
Ella le miró a la cara mientras guardaba el móvil en el bolso, frunció el ceño y luego alargó una mano para limpiarle con el pulgar algo que descubrió en la comisura de sus labios. Joaquín se quedó inmóvil mientras ella frotaba con cuidado. “Se te han quedado pegados unos posos de café. Parece que se han secado”. Ella se llevó el dedo a la boca y lo chupó antes de volver a intentarlo. Joaquín notó la saliva de ella y su dedo rozándole los labios y la rigidez de su cuerpo empezó a concentrarse en su entrepierna.
“Ya está”, dijo ella con gesto triunfal cuando terminó. “Voy al baño. Ve pidiendo la cuenta, por favor”. Joaquín seguía sin poder decir una palabra. Todavía notaba en su boca el contacto húmedo de ella y se sentía confuso, desconcertado. De nuevo, el germen de la rabia empezó a abrirse paso en su interior y pidió la cuenta con cierta brusquedad. La camarera le miró con desdén durante unos largos segundos antes de mover el culo hacia la caja. Joaquín empezó a pensar cosas terribles sobre el sexo femenino cuando, de pronto, su móvil sonó avisando de la entrada de un sms.
Era de ella. “Viens ya o k?”. Joaquín se quedó de piedra. Por un momento creyó que se estaba burlando de él, pero luego pensó que tal vez no, que no podía ser tan retorcida. Se quedó durante un momento luchando contra el dilema hasta que decidió que no había otra manera de saberlo que entrar allí y comprobarlo. Dejó un billete en la barra, mandó a paseo los retazos de dignidad que le quedaban, tragó saliva y se encaminó al aseo de las mujeres. Hecho un manojo de nervios, cuando llegó a la puerta dudó si llamar o no. Al final hizo un par de leves toques con los nudillos y, como toda respuesta, oyó el sonido del cerrojo al deslizarse. Sin saber si había abierto o cerrado, Joaquín se armó de valor y agarró con fuerza la manija.
Al otro lado de la puerta, ella le esperaba de frente, recostada contra el lavabo. Joaquín sintió la cabeza dar vueltas y cómo su cuerpo subía varios grados de temperatura de golpe. Ella se le presentaba en toda su gloria, mucho mejor de lo que él había imaginado. Sus tetas estaban desnudas, a la vista, libres por encima del escote del top. Eran realmente grandes, turgentes y estaban tan bronceadas como el resto de su torso. Los pezones enhiestos coronaban unas aureolas de redondez perfecta y color más oscuro. Ella se estaba acariciando, recorriendo con las manos la curva inferior de sus pechos. “¿Te gustan?”, dijo en un susurro que escondía un millón de promesas. Joaquín logró mascullar una afirmación ronca, casi un gruñido. “Pues acércate, tonto, son tuyas”.
FIN
Comida de trabajo (I)
(Dedicado a Ximo)
Joaquín conocía el restaurante de sobra; y la situación -una comida de trabajo-, también. Sin embargo, la compañía era totalmente nueva. A pesar de que habían trabajado juntos desde hacía bastantes meses, jamás, hasta ese momento, había compartido con ella mesa y mantel. Eso le hacía sentirse un poco extraño, como desubicado, como si tuviera que encontrar de nuevo las claves para que fluyera la conversación como siempre entre los dos: de buen rollito, relajada y salpicada, de vez en cuando, con bromas y risas.
Joaquín no tardó mucho en sentirse a gusto, sobre todo al ver cómo ella disfrutaba sin remilgos de la comida. La chavala tenía la virtud de mostrarse tan natural como la conocía, sin artificios ni aposturas. Quizás por eso ella siempre le había hecho gracia. Le gustaba su forma de ser y tenía que reconocer que poseía un físico contundente, muy femenino y con las curvas en su sitio, alejado de los cánones anoréxicos que tanto echaban a perder a muchas mujeres.
Entre bocado y bocado, hablaron de mil cosas y muy poco de trabajo, haciendo olvidar a Joaquín la mañana a cara de perro que había tenido en el curro. Notó que esta vez ella hablaba mucho más de sí misma, de su vida, de su forma de ser y de sus relaciones. Ambos rascaron de los recuerdos, se contaron viejas batallitas de juventud y se rieron de ellas. Joaquín empezó a percibirla desde una nueva perspectiva, más profunda que la que permite una relación marcada por los límites laborales. Y le gustaba lo que estaba descubriendo, vaya que sí. Se fijaba en sus gestos, en cómo comía, en cómo entrecerraba los ojillos para compensar la miopía, en los bonitos pendientes que llevaba…
Los platos llegaban y se vaciaban a toda velocidad. A ella no se le acababa el apetito y Joaquín no le iba a la zaga. El tiempo pasaba volando. Hubo un momento, sin embargo, que él luego recordaría especialmente. Estaban comentando cómo se cuidaba la gente, mal en general, y la facilidad con que se recurría a la cirugía estética para compensar. Ella mencionó lo desagradables que resultaban al tacto las tetas postizas de su monitora del gimnasio y lo poco que lucían a la vista. Joaquín no pudo evitar que sus ojos se clavaran en el pecho de ella, protegido apenas por una escueta rebeca, y se atrevió a confesarle que las suyas, a pesar del volumen, no parecían postizas en absoluto. Ella le contestó que por supuesto que no, que quizás eran demasiado grandes y algo incómodas para su gusto, pero que eran bonitas y tenían un tacto firme. Joaquín asintió ligeramente mientras vaciaba de un golpe su cerveza para calmar el repentino calentón.
Durante el resto de la comida, incluso cuando finiquitaban el sorbete del postre, Joaquín no podía dejar de pensar en cómo serían. Intentaba imaginárselas: grandes, rotundas, espectaculares a la vista y suaves y firmes al tacto. Pensó en cómo serían sus pezones y cómo reaccionarían al chuparlos. Se la imaginó tendida en la cama mientras él la desnudaba y exploraba todo su cuerpo lentamente, con curiosidad infinita. No dejaba de mirarla de reojo y, con cualquier excusa, le tocó un par de veces el brazo y el pelo. La deseaba con intensidad, pero no se sentía seguro para dar ningún paso. No quería equivocarse. Al fin y al cabo, la apreciaba demasiado como para fastidiarlo todo por una torpeza.
Sin embargo, cuando llegó el momento de pedir los cafés, Joaquín propuso que fueran a un pub cercano a tomárselos. Y una copa, si se terciaba. Ella lo miró un momento a los ojos –momento que a él se le hizo eterno- antes de aceptar con reservas. El café, de acuerdo, pero no iba a tener tiempo para nada más.
Joaquín intentó que no se le notara mucho la euforia que sentía y que le llevó a pagar la cuenta de los dos. Ella protestó débilmente -“Bueno, vale, pero los cafés los pago yo”- y se encaminaron hacia el pub. Durante el corto paseo él habló poco, pues se debatía entre un lúcido pesimismo –“No te hagas ilusiones, chaval”- y el ansia que empezaba a agarrotarle la garganta. Una tercera vocecilla interior, la de su dignidad, protestaba ante la facilidad con que se había dejado subyugar por un par de tetas. “Pero qué tetas, joder”, replicó la parte vencida y desarmada. Al final tuvo llegar a un compromiso interno y consensuado que lograra hacer callar, al menos de momento, a todas las partes: si viera muy clara la oportunidad, lo intentaría. Si no, pues a plegar velas y listos.
(Continuará...)
sábado, 11 de septiembre de 2010
Atrévete
Te imaginaba, cómo no, en el Atrévete. El pub de intercambio de parejas por cuya fachada de puerta de acero y sin ventanas paso todos los días al volver del trabajo. Desde el coche siempre giro la vista hacia la discreta entrada y, tal vez porque todavía es demasiado temprano, nunca he podido ver a ningún cliente o trabajador franquear la puerta. La ignorancia, si cabe, enciende más mis fantasías. Fantasías febriles, en las que me resulta imposible dejarte de lado.
Debajo de tu impecable traje chaqueta, te habías puesto esas medias negras hasta medio muslo que tan loco me ponen. Entrabas sola y de inmediato se te acercaba una tipa de las veteranas del local, una cuarentona larga vestida con botas negras ajustadas de caña alta, con muchas hebillas y tacón de vértigo. Su camisola de tul negro semitransparente no podía disimular la desnudez de unos grandes pechos de pezones insolentes. Completaba su atuendo un minúsculo tanga de cuero.
La mujer se movía con seguridad y atraía las miradas suplicantes de los grupos de hombres dispersos por ahí. En gran medida era la que decidía quién o no podía cumplir allí sus deseos y cada gesto suyo reafirmaba ese poder. Su sonrisa enorme te recibió, al tiempo que te cogía la mano para darte la bienvenida con voz tranquilizadora. Allí mandabais vosotras, te dijo. Y sólo se haría lo que tú quisieras. Estaba encantadísima de hacer de anfitriona a un pequeño encanto como tú, te dijo mientras te recorría con los ojos de arriba abajo.
Sus ojos se abrieron mucho cuando le comentaste mis órdenes. Necesitabas que cuatro, o mejor, cinco tíos te follaran sin contemplaciones y deberían acabar por correrse en el interior de tu culo. Todavía sentías mucho reparo, cierto miedo y mucha vergüenza. Al fin y al cabo, era tu primera vez allí y la primera vez que otro que no fuera yo mismo, probara las maravillosas estrecheces de tu culito.
Ella te dijo que no te preocuparas. Con la boca húmeda y los ojos brillantes te preguntó si no te importaría que ella también participara, así se ocuparía personalmente de que todo fuera según tus deseos. Tú asentiste. La tipa no estaba nada mal y su presencia te hacía sentir cierta seguridad.
Entre las dos elegisteis cinco tipos de aquí y de allá, los que más morbo te daban. Le dijiste al oído a la jefa que esperasen un poco antes de entrar al cuarto oscuro, y así tú te ponías cómoda.
En la semioscuridad del cuarto te quitaste la ropa, quedándote sólo con el top y las medias. Ella se quedó boquiabierta y se deshizo en elogios mientras te echaba la mano encima y te acariciaba la frontera en la que tus medias y la piel desnuda de tus muslos se encontraban.
Se acercó más a ti y empezó a besarte los hombros y el cuello mientras te pellizcaba las carnes y susurraba obscenidades. Te tumbó boca arriba en los colchones, con tu espalda medio recostada contra la pared, y te recorrió el cuerpo a lametazos mientras te abría bien las piernas. Suavemente, sus dedos y su lengua se concentraron en tu coño. Se admiró ante lo dilatado que estaba y la cantidad de flujo que rezumaba. Siguió lamiendo los labios de tu coño y luego el clítoris hasta que tú empezaste a temblar. En ese momento se detuvo. “Todavía no”.
Hizo pasar a cinco sombras y les dijo que sólo podían mirar hasta que ella dijera lo contrario. Se volvió a arrodillar entre tus piernas y continuó chupándote, aunque esta vez se concentró más en tu ano. Su lengua y sus dedos, calientes y húmedos, empezaron a abrirse paso en tu culo cuando, a una señal suya, dos de los tipos acercaron sus pollas a tu boca. Todavía no estaban bastante erectas, pero cuatro lametazos tuyos las pusieron duras como piedras. Pensaste en mí y te concentraste en hacer unas buenas mamadas, con esa mezcla de dulzura y profundidad de la que sé que eres capaz. Los tipos jadeaban de puro gusto.
Los dedos expertos de la tipa seguían mancillando tu culo. Cada vez notabas más presión y te preguntaste cuántos te estaría metiendo. Ella pareció escuchar tus pensamientos y te enseñó dos chorreantes dedos. Eran dedos largos, con las uñas pintadas de rojo muy oscuro, y no tardaron nada en seguir dilatándote el ano. Ella se apartó un poco, sin dejar de meterte los dedos en el culo, para dejar paso a dos tíos más. Uno se abalanzó sobre tus aprisionadas tetas y con dos zarpazos las medió liberó para chupar ávidamente tus pezones. El otro se las apañó para meter la cabeza y comenzó a comerte el coño a lo bestia. Tú estabas preparada para eso y mucho más. Entre mamada y mamada tus gemidos parecían acentuar el hambre de los cinco cuerpos que abusaban del tuyo.
Ella volvió a sacar la mano y se chupó los dedos que te habían estado trabajando el culo. Te miró expectante y tú asentiste ligeramente con la cabeza. Ella sonrió maliciosa y empezó a meterte otro dedo más. Diste un respingo al notar cómo tu interior era exigido al máximo. La presión era casi dolorosa, pero te dejaste llevar al pensar en todo lo que, poco a poco, te había enseñado para descubrirte ese nuevo mundo de placeres.
La lujuria y el morbo más oscuro se mezclaron hasta hacerse indistinguibles. El tipo que te comía el coño empezó a incrementar el ritmo y notaste cómo el orgasmo empezaba a anunciar su llegada. La anfitriona, quizás notando cómo tu cuerpo empezaba a temblar, incrementó la presión hasta que acabó metiendo los dedos por completo. Hasta los nudillos. Te miró con cara de orgullo, triunfal. En ese momento te diste cuenta de que el quinto tipo se la estaba follando a cuatro patas. Todos estabais recibiendo y dando placer.
Mientras ella empezaba a meter y sacar los dedos con cada vez más libertad, no pudiste retenerlo más y te corriste a lo bestia. Los músculos de tu entrepierna apretaban con fuerza los dedos de la tipa. El orgasmo fue terrible. Fuerte, muy duro, como ningún otro que hubieras experimentado jamás.
Ella sacó la mano y apartó a los tipos. No te dejó saborear tu placer. Te dio la vuelta y te puso a cuatro patas, con el tronco apoyado en los colchones y el culo en pompa.
Casi hubo una pelea por ver quién te penetraba primero, pero ella de inmediato puso un orden estricto. Ella se tumbó boca arriba y metió la cabeza entre tus piernas. Sin dejarle tiempo a recuperarse, comenzó a chupar de nuevo tu coño y a meterle los dedos. A una señal suya, los tipos, uno tras otro, fueron pasando por tu culo y lo follaron hasta el final, llenándote de semen las entrañas. El semen que chorreaba de tu culo le goteaba en la cara, pero ella no dejó de ocuparse de ti hasta que volviste a reventar de placer.
Te quedaste allí un rato más, a solas con la tipa, que te acariciaba suavemente el cuerpo mientras te decía lo increíble que habías estado. Tú te dejabas mimar. Sólo te preocupaba que tu culo conservara dentro todo el semen posible para dentro de un rato, cuando llegara mi turno.
Debajo de tu impecable traje chaqueta, te habías puesto esas medias negras hasta medio muslo que tan loco me ponen. Entrabas sola y de inmediato se te acercaba una tipa de las veteranas del local, una cuarentona larga vestida con botas negras ajustadas de caña alta, con muchas hebillas y tacón de vértigo. Su camisola de tul negro semitransparente no podía disimular la desnudez de unos grandes pechos de pezones insolentes. Completaba su atuendo un minúsculo tanga de cuero.
La mujer se movía con seguridad y atraía las miradas suplicantes de los grupos de hombres dispersos por ahí. En gran medida era la que decidía quién o no podía cumplir allí sus deseos y cada gesto suyo reafirmaba ese poder. Su sonrisa enorme te recibió, al tiempo que te cogía la mano para darte la bienvenida con voz tranquilizadora. Allí mandabais vosotras, te dijo. Y sólo se haría lo que tú quisieras. Estaba encantadísima de hacer de anfitriona a un pequeño encanto como tú, te dijo mientras te recorría con los ojos de arriba abajo.
Sus ojos se abrieron mucho cuando le comentaste mis órdenes. Necesitabas que cuatro, o mejor, cinco tíos te follaran sin contemplaciones y deberían acabar por correrse en el interior de tu culo. Todavía sentías mucho reparo, cierto miedo y mucha vergüenza. Al fin y al cabo, era tu primera vez allí y la primera vez que otro que no fuera yo mismo, probara las maravillosas estrecheces de tu culito.
Ella te dijo que no te preocuparas. Con la boca húmeda y los ojos brillantes te preguntó si no te importaría que ella también participara, así se ocuparía personalmente de que todo fuera según tus deseos. Tú asentiste. La tipa no estaba nada mal y su presencia te hacía sentir cierta seguridad.
Entre las dos elegisteis cinco tipos de aquí y de allá, los que más morbo te daban. Le dijiste al oído a la jefa que esperasen un poco antes de entrar al cuarto oscuro, y así tú te ponías cómoda.
En la semioscuridad del cuarto te quitaste la ropa, quedándote sólo con el top y las medias. Ella se quedó boquiabierta y se deshizo en elogios mientras te echaba la mano encima y te acariciaba la frontera en la que tus medias y la piel desnuda de tus muslos se encontraban.
Se acercó más a ti y empezó a besarte los hombros y el cuello mientras te pellizcaba las carnes y susurraba obscenidades. Te tumbó boca arriba en los colchones, con tu espalda medio recostada contra la pared, y te recorrió el cuerpo a lametazos mientras te abría bien las piernas. Suavemente, sus dedos y su lengua se concentraron en tu coño. Se admiró ante lo dilatado que estaba y la cantidad de flujo que rezumaba. Siguió lamiendo los labios de tu coño y luego el clítoris hasta que tú empezaste a temblar. En ese momento se detuvo. “Todavía no”.
Hizo pasar a cinco sombras y les dijo que sólo podían mirar hasta que ella dijera lo contrario. Se volvió a arrodillar entre tus piernas y continuó chupándote, aunque esta vez se concentró más en tu ano. Su lengua y sus dedos, calientes y húmedos, empezaron a abrirse paso en tu culo cuando, a una señal suya, dos de los tipos acercaron sus pollas a tu boca. Todavía no estaban bastante erectas, pero cuatro lametazos tuyos las pusieron duras como piedras. Pensaste en mí y te concentraste en hacer unas buenas mamadas, con esa mezcla de dulzura y profundidad de la que sé que eres capaz. Los tipos jadeaban de puro gusto.
Los dedos expertos de la tipa seguían mancillando tu culo. Cada vez notabas más presión y te preguntaste cuántos te estaría metiendo. Ella pareció escuchar tus pensamientos y te enseñó dos chorreantes dedos. Eran dedos largos, con las uñas pintadas de rojo muy oscuro, y no tardaron nada en seguir dilatándote el ano. Ella se apartó un poco, sin dejar de meterte los dedos en el culo, para dejar paso a dos tíos más. Uno se abalanzó sobre tus aprisionadas tetas y con dos zarpazos las medió liberó para chupar ávidamente tus pezones. El otro se las apañó para meter la cabeza y comenzó a comerte el coño a lo bestia. Tú estabas preparada para eso y mucho más. Entre mamada y mamada tus gemidos parecían acentuar el hambre de los cinco cuerpos que abusaban del tuyo.
Ella volvió a sacar la mano y se chupó los dedos que te habían estado trabajando el culo. Te miró expectante y tú asentiste ligeramente con la cabeza. Ella sonrió maliciosa y empezó a meterte otro dedo más. Diste un respingo al notar cómo tu interior era exigido al máximo. La presión era casi dolorosa, pero te dejaste llevar al pensar en todo lo que, poco a poco, te había enseñado para descubrirte ese nuevo mundo de placeres.
La lujuria y el morbo más oscuro se mezclaron hasta hacerse indistinguibles. El tipo que te comía el coño empezó a incrementar el ritmo y notaste cómo el orgasmo empezaba a anunciar su llegada. La anfitriona, quizás notando cómo tu cuerpo empezaba a temblar, incrementó la presión hasta que acabó metiendo los dedos por completo. Hasta los nudillos. Te miró con cara de orgullo, triunfal. En ese momento te diste cuenta de que el quinto tipo se la estaba follando a cuatro patas. Todos estabais recibiendo y dando placer.
Mientras ella empezaba a meter y sacar los dedos con cada vez más libertad, no pudiste retenerlo más y te corriste a lo bestia. Los músculos de tu entrepierna apretaban con fuerza los dedos de la tipa. El orgasmo fue terrible. Fuerte, muy duro, como ningún otro que hubieras experimentado jamás.
Ella sacó la mano y apartó a los tipos. No te dejó saborear tu placer. Te dio la vuelta y te puso a cuatro patas, con el tronco apoyado en los colchones y el culo en pompa.
Casi hubo una pelea por ver quién te penetraba primero, pero ella de inmediato puso un orden estricto. Ella se tumbó boca arriba y metió la cabeza entre tus piernas. Sin dejarle tiempo a recuperarse, comenzó a chupar de nuevo tu coño y a meterle los dedos. A una señal suya, los tipos, uno tras otro, fueron pasando por tu culo y lo follaron hasta el final, llenándote de semen las entrañas. El semen que chorreaba de tu culo le goteaba en la cara, pero ella no dejó de ocuparse de ti hasta que volviste a reventar de placer.
Te quedaste allí un rato más, a solas con la tipa, que te acariciaba suavemente el cuerpo mientras te decía lo increíble que habías estado. Tú te dejabas mimar. Sólo te preocupaba que tu culo conservara dentro todo el semen posible para dentro de un rato, cuando llegara mi turno.
viernes, 10 de septiembre de 2010
El duro regreso de vacaciones (II)
Tu jefe seguía sentado, observándote, expectante. El vibrador seguía haciendo de las suyas en el interior de tu vagina. Te sentías muy cachonda. Notabas los pezones muy sensibles y endurecidos bajo el sostén. Te faltaba el aliento y sentías un ligero mareo. Escribiste: "Eres un cabrón. De acuerdo, tú lo has querido.", y te levantaste de la silla. Sin mirar a tu jefe, fuiste hasta la mesa de reuniones que se encontraba frente a él, te apoyaste en ella con una mano mientras con la otra levantabas la falda para que tuviera una buena visión de tu culo. Arqueaste la espalda para ofrecérselo, generosa e impaciente. La vibración insistente del huevo te hacía retorcerte ligeramente de gusto. Sabías que ese movimiento todavía lo iba a incitar más. Pero él tardaba, le oías mover cosas en su mesa. Supusiste que estaba enfilando la webcam en el ángulo adecuado y pensar en que tu novio ya te podía ver en esa postura, ofreciéndote sumisa a otro hombre, te hizo sentirte muy lasciva, muy puta.
Cuando estabas a punto de preguntarle a qué estaba esperando, notaste un leve roce entre las nalgas. La tirilla del tanga se tensó sobre tu abultado coño y se introdujo entre los labios. Soltaste un gemido y arqueaste aún más la espalda, para que no tuviera ningún problema en manipular tu entrepierna a su antojo. Así lo hizo. Mientras seguía dando pequeños tirones a la tirilla del tanga, algo húmedo y caliente empezó a recorrer la piel de tus nalgas Le oías respirar, bronco, acelerado, y sabías que se estaba conteniendo, que estaba sufriendo tanto como tú por no meterte más caña. Te sorprendió un poco, pues conocías de sobra cuánto había deseado que le dieras de nuevo una oportunidad como ésta. Siguió dando lametones, acercándose poco a poco a tu coño. Tú suspirabas de impaciencia y echabas el culo hacia atrás, buscando su boca, pero él seguía sin prisas. Soltó la tirilla del tanga y cogió el cordón del huevo, que seguía agitándose dentro de tu coño. Empezó a tirar de él, hacia la entrada de la vagina, como si estuviera a punto de sacarlo, y luego se detenía, dejando que tu coño lo absorbiera de nuevo. Ese juego te volvía loca. Te abrasaban las ganas de que se empleara a fondo y le diera a tu dilatado coño lo que estaba necesitando con urgencia. Recordaste que en la caja había un consolador enorme. Ojalá no olvidara utilizarlo, pensaste. Por si acaso, ya se lo recordarías tú.
Tu jefe se levantó y, con cierta brusquedad, te dio la vuelta. Su mirada tenía algo animal, primitivo. Eras consciente de que en ese momento te deseaba más que a nada en el mundo y de que ya no te quedaban más opciones que dárselo todo. "Vas a tener que hacer algo con esto", te dijo en un susurro ronco. Su bragueta estaba a punto de reventar. Le pasaste una mano por encima y al notar su palpitante dureza empezaste a salivar. Te arrodillaste delante de él y, mientras le mirabas a los ojos, deslizaste la cremallera hacia abajo. Te costó un poco más separar la tela del calzoncillo y sacar la polla de tu jefe de su prisión, pero en cuanto lo lograste él suspiró de alivio. Tus dedos recorrieron con suavidad toda la extensión de la polla, recreándose en el húmedo glande. Con los labios impediste que una gota de líquido preseminal cayera al suelo. El roce le hizo estremecerse. Le hiciste sufrir un poco más haciéndole pequeñas caricias con los labios, pero él te sujetó la cabeza por la nuca y la empujó hacia su polla. Empezaste a chupársela, pero seguías sin tener ninguna prisa. De vez en cuando mirabas hacia la webcam del portátil: imaginar a tu novio al otro lado observándote mientras mamabas otra polla todavía te ponía mucho más cerda. A tu jefe le regalaste una mamada profunda y lenta, recreándote de vez en cuando en lamerla desde la base a la punta y tragándotela todo lo que tu boca podía dar de sí, que era mucho. No tardaste mucho en notar cómo las manos de tu jefe se tensaban sobre tu nuca, aferrándote del pelo, al tiempo que su polla parecía crecer todavía un poco más. Sabías que si seguías así en poco tiempo te llenaría la boca de semen. Te encantó la idea, sobre todo al pensar en cómo ibas a acercarte luego a la cámara para darle una prueba a tu novio de lo que acababas de hacer. Sin embargo, tenías otros planes. Tu coño tenía hambre y el huevo no era suficiente para calmarla. Te apartaste de la polla de tu jefe, quien te miró con cierta frustración, y te levantaste.
Encaraste una silla a la webcam y te sentaste allí abriendo al máximo las piernas y apoyando una de ellas en la mesa. "Quiero probar ese dildo", le dijiste a tu jefe haciendo un gesto hacia la caja. Él miró su erecta polla, húmeda de tus babas, y dudó durante un par de segundos antes de acercarse a la caja y coger el consolador. De un tirón rompió el embalaje y sacó el enorme dildo de más de 20 cm. de longitud y de un grosor considerable. Era de color negro; el glande de un rosa oscuro y algo más grueso te resultó especialmente apetitoso. Esta vez fue tu jefe quien se arrodilló frente a ti. Tu coño estaba chorreando jugos y lo notabas completamente dilatado. El huevo, todavía vibrando, lo sacó de un tirón con pasmosa facilidad. Antes de meterte el dildo, tu jefe dio un lametazo a lo largo de todo tu coño, haciendo especial presión al final, al contacto con el clítoris. Te estremeciste de arriba abajo y gemiste pidiendo más. Sin embargo, sonriendo con malicia, tu jefe hizo un gesto con la cabeza negándote el placer que tanto ansiabas. El muy cabrón se estaba cobrando el parón de antes.
Te metió el consolador muy despacio. Notabas cómo cada milímetro se iba abriendo paso en tu interior. Tu coño lo acogía con avidez y sin apenas resistencia. Volviste a temblar de gusto cuando, al tiempo que iba profundizando cada vez más, hacía un ligero movimiento de bombeo. La expresión de tu jefe fue de asombro cuando al fin el dildo hizo tope en el interior de tu vagina. Comentó entre dientes la alucinante capacidad de tu coño cuando estabas así de lubricada y cachonda. Era algo que todavía recordaba pero que no dejaba de sorprenderle. Empezaste a mover la pelvis, pidiéndole sin palabras que te metiera más caña. Él se aplicó a conciencia. Empezó a bombearte, lentamente pero siempre buscando los límites de tu vagina. Tú gemías con cada embestida mientras los músculos de tu coño parecían querer aferrar el consolador. Era mucho mejor de lo que te habías imaginado. Tu jefe se fue animando y, mientras hurgaba con un dedo en tu esfínter, empapado de los flujos que le llegaban del coño, empezó a chuparte el clítoris. El placer en su forma más absoluta asaltó tu cuerpo. Te dejaste poseer por él: tu mente y tu cuerpo se entrelazaron en una única dirección, la del gozo sin límites. Fue mucho más rápido de lo que esperabas. Toda la mañana de calenturas había predispuesto a tu cuerpo para ese momento. El orgasmo te llegó como una marea gigantesca que inundó tu cuerpo y te hizo temblar y gritar salvajemente durante unos segundos eternos.
Te quedaste deslavazada y rota encima de la silla. Sin embargo, tu jefe no estaba dispuesto a darte tregua. Notaste cómo sacaba el dildo de tu interior y su caliente polla lo sustituía. Su erección no había menguado lo más mínimo. "Uf, cómo estás ahí dentro", comentó, mientras empezaba a follarte a empellones, te liberaba las tetas y te comía los pezones. Los mordió sin contemplaciones. Estaba usando tu cuerpo para liberar todo su ardor acumulado y eso te encendió de nuevo. Tu coño seguía hambriento. Sin embargo, le obligaste a parar. Tuviste que hacer un esfuerzo, pues él se negaba a colaborar. "Así no nos ve", le dijiste. Él no pareció comprender al principio, pero luego asintió y se apartó. Te levantaste e hiciste que se sentara en la silla. De espaldas a él y justo enfrente de la webcam, pasaste una pierna a cada lado de las suyas y le pediste que te dilatara el culo mientras se lo acercabas a la boca. Él obedeció de inmediato y empezó a trabajártelo a fondo con la lengua y con los dedos. Casi no fue necesario, pues tu culo parecía estar tan dispuesto como tu coño para ser mancillado.
Mirando hacia la webcam con la cara más zorra que eras capaz de poner, con una mano le sujetaste la polla mientras hacías descender el culo sobre ella. Fue muy fácil. No notaste ningún atisbo de dolor mientras te abría las entrañas. Te la metiste hasta el fondo. Tu jefe empezó a jadear de placer y de ansia cuando empezaste a moverte. Tú también gemías. Te encantaba sentirte así, bien follada, pero aún querías más. El consolador negro se había quedado sobre la mesa, completamente empapado de tus flujos. Sin pensártelo dos veces, lo cogiste y te metiste su sonrosada punta en el coño. Tu jefe notó el aumento de la presión y te aferró de las caderas para incrementar el ritmo de tus movimientos. Probaste a meter algo más y te deleitó comprobar que tu vagina lo absorbía sin problemas. Sentías tu interior colmado, sometido a un severo tratamiento. Cerraste los ojos y deseaste que fuera la polla de tu novio la que completara la escena: chupándola hasta que se corriera en tu boca o dejando que sustituyera al dildo. Tu jefe te agarró con más fuerza mientras te mordía la espalda y bombeaba más rápido y con más dureza. Tú le acompañaste yendo lo más lejos posible con el consolador, llegando a un punto en que el placer bestial empezó a confundirse con el dolor, hasta que tu jefe reventó. Jadeó y gritó mientras tus castigadas entrañas se llenaban de su abundante semen.
Durante un momento, ninguno de los dos os movisteis. Al cabo te sacaste el consolador y te levantaste poco a poco hasta liberar la polla de tu jefe. Notabas tu culo y tu coño ardiendo, palpitantes. Te sentías un poco mareada. Estabas cubierta de sudor, tuyo y de tu jefe, y de tu entrepierna goteaban otros fluidos también compartidos. Te acercaste tambaleante al portátil y, antes de desconectar la webcam, le susurraste una frase corta, casi inaudible, pero supiste perfectamente que tu novio la entendería.
FIN
Cuando estabas a punto de preguntarle a qué estaba esperando, notaste un leve roce entre las nalgas. La tirilla del tanga se tensó sobre tu abultado coño y se introdujo entre los labios. Soltaste un gemido y arqueaste aún más la espalda, para que no tuviera ningún problema en manipular tu entrepierna a su antojo. Así lo hizo. Mientras seguía dando pequeños tirones a la tirilla del tanga, algo húmedo y caliente empezó a recorrer la piel de tus nalgas Le oías respirar, bronco, acelerado, y sabías que se estaba conteniendo, que estaba sufriendo tanto como tú por no meterte más caña. Te sorprendió un poco, pues conocías de sobra cuánto había deseado que le dieras de nuevo una oportunidad como ésta. Siguió dando lametones, acercándose poco a poco a tu coño. Tú suspirabas de impaciencia y echabas el culo hacia atrás, buscando su boca, pero él seguía sin prisas. Soltó la tirilla del tanga y cogió el cordón del huevo, que seguía agitándose dentro de tu coño. Empezó a tirar de él, hacia la entrada de la vagina, como si estuviera a punto de sacarlo, y luego se detenía, dejando que tu coño lo absorbiera de nuevo. Ese juego te volvía loca. Te abrasaban las ganas de que se empleara a fondo y le diera a tu dilatado coño lo que estaba necesitando con urgencia. Recordaste que en la caja había un consolador enorme. Ojalá no olvidara utilizarlo, pensaste. Por si acaso, ya se lo recordarías tú.
Tu jefe se levantó y, con cierta brusquedad, te dio la vuelta. Su mirada tenía algo animal, primitivo. Eras consciente de que en ese momento te deseaba más que a nada en el mundo y de que ya no te quedaban más opciones que dárselo todo. "Vas a tener que hacer algo con esto", te dijo en un susurro ronco. Su bragueta estaba a punto de reventar. Le pasaste una mano por encima y al notar su palpitante dureza empezaste a salivar. Te arrodillaste delante de él y, mientras le mirabas a los ojos, deslizaste la cremallera hacia abajo. Te costó un poco más separar la tela del calzoncillo y sacar la polla de tu jefe de su prisión, pero en cuanto lo lograste él suspiró de alivio. Tus dedos recorrieron con suavidad toda la extensión de la polla, recreándose en el húmedo glande. Con los labios impediste que una gota de líquido preseminal cayera al suelo. El roce le hizo estremecerse. Le hiciste sufrir un poco más haciéndole pequeñas caricias con los labios, pero él te sujetó la cabeza por la nuca y la empujó hacia su polla. Empezaste a chupársela, pero seguías sin tener ninguna prisa. De vez en cuando mirabas hacia la webcam del portátil: imaginar a tu novio al otro lado observándote mientras mamabas otra polla todavía te ponía mucho más cerda. A tu jefe le regalaste una mamada profunda y lenta, recreándote de vez en cuando en lamerla desde la base a la punta y tragándotela todo lo que tu boca podía dar de sí, que era mucho. No tardaste mucho en notar cómo las manos de tu jefe se tensaban sobre tu nuca, aferrándote del pelo, al tiempo que su polla parecía crecer todavía un poco más. Sabías que si seguías así en poco tiempo te llenaría la boca de semen. Te encantó la idea, sobre todo al pensar en cómo ibas a acercarte luego a la cámara para darle una prueba a tu novio de lo que acababas de hacer. Sin embargo, tenías otros planes. Tu coño tenía hambre y el huevo no era suficiente para calmarla. Te apartaste de la polla de tu jefe, quien te miró con cierta frustración, y te levantaste.
Encaraste una silla a la webcam y te sentaste allí abriendo al máximo las piernas y apoyando una de ellas en la mesa. "Quiero probar ese dildo", le dijiste a tu jefe haciendo un gesto hacia la caja. Él miró su erecta polla, húmeda de tus babas, y dudó durante un par de segundos antes de acercarse a la caja y coger el consolador. De un tirón rompió el embalaje y sacó el enorme dildo de más de 20 cm. de longitud y de un grosor considerable. Era de color negro; el glande de un rosa oscuro y algo más grueso te resultó especialmente apetitoso. Esta vez fue tu jefe quien se arrodilló frente a ti. Tu coño estaba chorreando jugos y lo notabas completamente dilatado. El huevo, todavía vibrando, lo sacó de un tirón con pasmosa facilidad. Antes de meterte el dildo, tu jefe dio un lametazo a lo largo de todo tu coño, haciendo especial presión al final, al contacto con el clítoris. Te estremeciste de arriba abajo y gemiste pidiendo más. Sin embargo, sonriendo con malicia, tu jefe hizo un gesto con la cabeza negándote el placer que tanto ansiabas. El muy cabrón se estaba cobrando el parón de antes.
Te metió el consolador muy despacio. Notabas cómo cada milímetro se iba abriendo paso en tu interior. Tu coño lo acogía con avidez y sin apenas resistencia. Volviste a temblar de gusto cuando, al tiempo que iba profundizando cada vez más, hacía un ligero movimiento de bombeo. La expresión de tu jefe fue de asombro cuando al fin el dildo hizo tope en el interior de tu vagina. Comentó entre dientes la alucinante capacidad de tu coño cuando estabas así de lubricada y cachonda. Era algo que todavía recordaba pero que no dejaba de sorprenderle. Empezaste a mover la pelvis, pidiéndole sin palabras que te metiera más caña. Él se aplicó a conciencia. Empezó a bombearte, lentamente pero siempre buscando los límites de tu vagina. Tú gemías con cada embestida mientras los músculos de tu coño parecían querer aferrar el consolador. Era mucho mejor de lo que te habías imaginado. Tu jefe se fue animando y, mientras hurgaba con un dedo en tu esfínter, empapado de los flujos que le llegaban del coño, empezó a chuparte el clítoris. El placer en su forma más absoluta asaltó tu cuerpo. Te dejaste poseer por él: tu mente y tu cuerpo se entrelazaron en una única dirección, la del gozo sin límites. Fue mucho más rápido de lo que esperabas. Toda la mañana de calenturas había predispuesto a tu cuerpo para ese momento. El orgasmo te llegó como una marea gigantesca que inundó tu cuerpo y te hizo temblar y gritar salvajemente durante unos segundos eternos.
Te quedaste deslavazada y rota encima de la silla. Sin embargo, tu jefe no estaba dispuesto a darte tregua. Notaste cómo sacaba el dildo de tu interior y su caliente polla lo sustituía. Su erección no había menguado lo más mínimo. "Uf, cómo estás ahí dentro", comentó, mientras empezaba a follarte a empellones, te liberaba las tetas y te comía los pezones. Los mordió sin contemplaciones. Estaba usando tu cuerpo para liberar todo su ardor acumulado y eso te encendió de nuevo. Tu coño seguía hambriento. Sin embargo, le obligaste a parar. Tuviste que hacer un esfuerzo, pues él se negaba a colaborar. "Así no nos ve", le dijiste. Él no pareció comprender al principio, pero luego asintió y se apartó. Te levantaste e hiciste que se sentara en la silla. De espaldas a él y justo enfrente de la webcam, pasaste una pierna a cada lado de las suyas y le pediste que te dilatara el culo mientras se lo acercabas a la boca. Él obedeció de inmediato y empezó a trabajártelo a fondo con la lengua y con los dedos. Casi no fue necesario, pues tu culo parecía estar tan dispuesto como tu coño para ser mancillado.
Mirando hacia la webcam con la cara más zorra que eras capaz de poner, con una mano le sujetaste la polla mientras hacías descender el culo sobre ella. Fue muy fácil. No notaste ningún atisbo de dolor mientras te abría las entrañas. Te la metiste hasta el fondo. Tu jefe empezó a jadear de placer y de ansia cuando empezaste a moverte. Tú también gemías. Te encantaba sentirte así, bien follada, pero aún querías más. El consolador negro se había quedado sobre la mesa, completamente empapado de tus flujos. Sin pensártelo dos veces, lo cogiste y te metiste su sonrosada punta en el coño. Tu jefe notó el aumento de la presión y te aferró de las caderas para incrementar el ritmo de tus movimientos. Probaste a meter algo más y te deleitó comprobar que tu vagina lo absorbía sin problemas. Sentías tu interior colmado, sometido a un severo tratamiento. Cerraste los ojos y deseaste que fuera la polla de tu novio la que completara la escena: chupándola hasta que se corriera en tu boca o dejando que sustituyera al dildo. Tu jefe te agarró con más fuerza mientras te mordía la espalda y bombeaba más rápido y con más dureza. Tú le acompañaste yendo lo más lejos posible con el consolador, llegando a un punto en que el placer bestial empezó a confundirse con el dolor, hasta que tu jefe reventó. Jadeó y gritó mientras tus castigadas entrañas se llenaban de su abundante semen.
Durante un momento, ninguno de los dos os movisteis. Al cabo te sacaste el consolador y te levantaste poco a poco hasta liberar la polla de tu jefe. Notabas tu culo y tu coño ardiendo, palpitantes. Te sentías un poco mareada. Estabas cubierta de sudor, tuyo y de tu jefe, y de tu entrepierna goteaban otros fluidos también compartidos. Te acercaste tambaleante al portátil y, antes de desconectar la webcam, le susurraste una frase corta, casi inaudible, pero supiste perfectamente que tu novio la entendería.
FIN
jueves, 9 de septiembre de 2010
El duro regreso de vacaciones (I)
Era lunes, todavía agosto, y tus vacaciones de verano habían llegado a su fin. El panorama era bastante desalentador y sólo te animaba la posibilidad de que al acabar la jornada vieras, por fin, a tu novio. Te lo había propuesto el día anterior, en una de sus llamadas febriles: "Haré lo que sea por escaparme después de comer. Necesito darte tu merecido. Ponte falda. No lo olvides." Esta vez le hiciste caso y te la pusiste, a pesar de que la mayor parte de tu ropa esperaba turno en el cesto de la lavadora después de una larga semana de viaje. Por ello tuviste que recurrir a una vieja minifalda de corte escocés y protagonista de alguna experiencia memorable. No te convencía, pero sabías que a tu novio le iba a gustar. Le provocaba mucho morbo recordar aquella ocasión y te encantaba verlo así de excitado. Pensar en ello te hizo sonreír y notaste un agradable estremecimiento en la entrepierna. No sería más que el primero del día, de eso estabas segura.
En ese momento tu jefe se acercó a tu mesa a dejar unos papeles y te observó con atención. Pasaron unos segundos antes de que abriera la boca y te incomodó la pausa, pues reconociste una chispa en su mirada: un destello que en el pasado significó hambre y necesidad infinita de saciarla contigo. "Te han sentado muy bien las vacaciones, la verdad", dijo mientras miraba sin disimulo la piel morena de tu escote y te recorría el cuerpo hasta esos muslos que exhibías tan generosamente. Frunciste los morros y le respondiste con un comentario cortante, pero él no se dejó arredrar y te dedicó una última mirada, sonriendo a medias, antes de regresar a su mesa.
Te irritaba su actitud de suficiencia pero notaste que, en el fondo, te sentías halagada. Sabías que tu novio también te encontraría atractiva y deseable y eso te removió de nuevo las entrañas. Además, a él le gustaba fantasear con que un tercero se lo montaba con vosotros o a solas contigo, con él como espectador de lujo. Y en no pocas ocasiones el protagonista de esas fantasías era tu propio jefe. Decidiste escribirle un correo: "Buenos días, niño. He sido obediente y me he puesto minifalda. A mi jefe le ha gustado mucho." Sabías que estabas empezando a echar gasolina al fuego, pero a ambos os encantaba jugar en la distancia. Los encuentros, más tarde, se hacían mucho más placenteros y salvajes. Esperaste su respuesta mientras empezabas a trabajar a medio gas, con la atención dispersa por otros lugares.
Sin embargo, la respuesta no llegaba. Un par de horas más tarde, impaciente, le enviaste un sms para avisarle del correo. Te había cortado un poco el rollo su ausencia y, además, habías cazado más miradas ardientes de tu jefe. Parecía que el reencuentro tras las vacaciones y el hecho de que estuvierais solos en la enorme oficina, que compartíais con otras tres personas que se encontraban disfrutando de las suyas, le estaba animando a recordar viejos tiempos. No te preocupaba, porque sabías perfectamente cómo lidiar con él. Estuviste a punto de soltarle otra puya envenenada para bajarle los humos cuando viste en tu pantalla que entraba un correo. Era de tu novio. "Lo siento babe, he estado muy liado fuera de la oficina, acabo de sentarme. Seguro que estás tremenda con tu falda, no me extraña lo de tu jefe. ¿Estáis solos? Casi prefiero que me digas que sí 8)". "Sí, lo estamos. Y no deja de mirarme y hacer comentarios picantes. Estaba a punto de mandarlo a la mierda". "Déjalo, mujer, también tiene derecho a disfrutar". Empezasteis a intercambiar correos, cada vez más subidos de tono y en los que tu novio se calentó recordando la antigua fantasía. Tú la alimentabas sin pudor alguno mientras él te decía que estaba sufriendo una incipiente erección. Sentiste cómo mojabas las bragas al imaginar el creciente bulto de su entrepierna. Empezaba a hacer mucho calor en la oficina cuando llamaron a la puerta.
Era un mensajero. Sin darte tiempo a reaccionar, tu jefe se levantó para atenderlo pero no te importó lo más mínimo. Le echaste una mirada apreciativa al mensajero. No es que fuera muy atractivo, pero sus desnudos brazos, delgados pero fuertes, lucían unas abultadas venas que te recordaban a las de tu novio. Te puso cachonda pensar en añadirlo a la fantasía y así se lo contaste a tu novio. No podía estar más receptivo. Se le empezó a ir la olla y a decirte que los incitaras a ambos, que te metieras con poco disimulo una mano debajo de la falda mientras los mirabas con descaro. Tu mano no se movió donde él deseaba, pero le seguiste el rollo. Le dijiste que lo estabas haciendo pero que de momento no parecían percatarse. Él confesó que se debatía entre los celos y el deseo, que iba a echar la llave en su despacho y que no podía más. O se hacía una paja o reventaba. Te chorreaba la entrepierna y notabas cómo tus mejillas te quemaban. "Si tú te la haces, me voy al baño y yo también me pajeo. O, si quieres, les dejo que me follen". "¿Te apetece que lo hagan, niña? Dime la verdad". Tuviste que reconocer que sí, estabas demasiado caliente y te cegaba el deseo. "Sí. Me apetece mucho que me follen como a una zorra". Alzaste la mirada de la pantalla, la cara ardiendo, los labios semiabiertos y el aliento entrecortado para ver cómo tu jefe despedía al mensajero. Te decepcionó y te alivió casi a partes iguales. "Lástima, se ha ido el mensajero. Pero queda mi jefe." Te quedaste mirando la pantalla, esperando, pero no hubo respuesta y te fastidió mucho que, justo en ese momento, él desapareciera.
Mientras, tu jefe había abierto la caja en su mesa y trasteaba con el contenido. De repente soltó una risa malvada y dijo: "Creo que esto es para ti. Podrías haber sido más discreta, la verdad." Te llevó la caja a tu mesa y se quedó un momento mirando cómo reaccionabas al ver el contenido. Tenía toda la pinta de un pedido a una sex-shop. Había una caja con un body de red; la foto de la modelo delataba unas aperturas estratégicas en pechos y entrepierna y cómo se sujetaba en el cuello con un collar de látex. También había un envase transparente con un consolador de gelatina enorme y una caja con una especie de bola china grande con forma de huevo. Te quedaste boquiabierta. Tú no habías hecho ese pedido, pero a tu jefe le resbalaron tus protestas y te dejó a solas con la caja sin dejar de comentar lo bien que debía sentarte ese body. Le enviaste a la mierda, ahora sí, mientras intentabas recuperarte del asombro. Había sido cosa de tu novio, estabas segura. Le escribiste para preguntarle y, al poco, él te contestó que sí, que era una sorpresa y que esperaba estrenarla contigo hoy mismo. Le regañaste por poner el paquete a nombre de la empresa y no al tuyo, pero él te dijo que así lo había hecho y que no entendía el error. Guardaste la caja bajo la mesa, fuera de la vista de tu jefe, que cada vez miraba con más desvergüenza en tu dirección, e intentaste recuperar la compostura.
Poco a poco, achuchada por los correos de tu novio, al que no parecía haberle afectado negativamente la anécdota, tu líbido volvió a despertarse con fuerza. La tarde prometía. Te encantaban los juguetes sexuales y te sentías más que predispuesta para ponerte el body y para que los artilugios comprobaran cómo podía llegar a dilatarse tu interior. Estabas muy impaciente por que llegara el momento de salir y encontrarte con tu novio. Él también lo estaba, tanto, que no parecía dispuesto a esperar. "Quiero que pruebes el huevo. Ahora. Ve al baño, métetelo y déjalo dentro hasta que nos veamos." Dudaste, pues no te apetecía que tu jefe sospechara, pero al final te dejaste vencer por la insistencia de tu novio y pensaste: "Si se da cuenta, que se joda y que sufra. Lo tiene merecido, después de la mañanita que me ha hecho pasar". Sin embargo, sabías que no eras del todo sincera contigo misma. En realidad te ponía aún más cachonda la idea de que tu jefe pudiera llegar a enterarse.
Aprovechando que tu jefe estaba inmerso en una conversación por teléfono, metiste la mano en la caja, hurgaste en el interior y cogiste el huevo con disimulo. Lo metiste en el bolso y, sin dedicarle una mínima mirada a tu jefe, saliste al pasillo para ir al baño. Una vez dentro, echaste el pestillo y sacaste el huevo del bolso. Te sentías nerviosa y muy excitada. Conocías las bolas chinas y las habías utilizado en muchas ocasiones, incluso las habías llevado en tu interior por la calle, de camino a algún encuentro con tu novio, pero nunca habías probado un huevo de ese tamaño. Lo miraste con curiosidad y con anhelo. Era de textura muy suave y realmente grande, la parte más fina era incluso más gruesa que una bola china. La parte más ancha, de la que colgaba un hilo doble, estaba separada de la otra por una fina hendidura. El considerable peso del huevo te dio la otra pista. "¿Y si es un vibrador?". Probaste a desenroscar y, efectivamente, allí estaba el compartimento con un par de pilas listas para hacer vibrar el huevo. No acababas de entender por qué no había cable ni mando que lo hiciera funcionar, hasta que caíste en la cuenta de que se trataba de un vibrador con mando inalámbrico. Pensaste que con las prisas y los nervios habías olvidado el mando en la caja. Bueno, ya llegaría el momento de hacerlo vibrar, ahora lo que te apetecía de veras era metértelo. Con la minifalda puesta resultó muy fácil apartar con los dedos la tirilla del tanga, que estaba empapada de humedad, y comprobar el estado de tu coño. Estaba tal y como esperabas: dilatado, chorreando flujo y muy hambriento. Te metiste un poco el dedo en el interior y se te escapó un pequeño gemido. En ese momento te acordaste de los brazos del mensajero, de las miradas lascivas de tu jefe, de tu novio y de lo que era capaz de hacer con su lengua en ese coño tan necesitado. Probaste a meter otro dedo, que se deslizó con mucha facilidad y reprimiste otro gemido. Era el momento. Sacaste los chorreantes dedos y chupaste el flujo. Te encantaba tu propio sabor a sexo. Cogiste el huevo y lo llevaste bajo la falda. La punta del extremo más fino empezó a abrirse paso como si ese fuera su lugar natural. Notabas cómo te ibas abriendo poco a poco mientras empujabas, sin ninguna prisa, el huevo en tu interior. El huevo, conforme iba entrando, iba exigiendo más dilatación. Tu coño no tenía ningún problema en proporcionársela. Esa y la que hiciera falta. Te sentías muy cachonda, te morías de ganas de acariciarte el clítoris mientras lo seguías metiendo, pero tu novio había sido muy claro al respecto: nada de pajas hasta que os vierais. Seguiste empujando el huevo, disfrutando como una cerda de cada milímetro que obligaba a tu coño a ensancharse, hasta que entró por completo en tu vagina. Suspiraste profundamente mientras apretabas los muslos y tu coño presionaba el huevo con fuerza. Qué gustazo. Te sentías muy zorra y muy impaciente por que llegara el momento de que tu novio te follara bien follada. Lo necesitabas como nada en el mundo. Te lavaste la cara, hiciste lo que pudiste por recuperar un aspecto casi normal y regresaste a la oficina.
Por el rabillo del ojo percibiste cómo tu jefe estaba tan enfrascado en la pantalla de su ordenador que ni siquiera levantó la mirada. Mucho mejor. Caminando un poco más rápido que lo que hubieras querido, llegaste a tu mesa y te sentaste. Al hacerlo, notaste cómo el huevo se acomodaba en tu interior y cerraste los ojos durante un segundo para recrearte en las sensaciones que te provocaba. Te sentías tan húmeda que estabas segura de que tus flujos estaban empapando la falda y que no tardarían en hacerlo con la silla. A estas alturas ya empezaba a darte igual; más bien te gustaba la idea. Te recreaste en el morbazo que te proporcionaba la clandestinidad de la situación. Abriste el correo y le contaste a tu novio con todo lujo de detalles cómo había sido tu viaje al aseo y cómo te sentías en ese momento. Tu novio ardía de impaciencia, pero tu relato le compensó con creces. Volvisteis a hablar sobre su fantasía favorita. Esta vez ambos estabais tan calientes que cualquier posibilidad se antojaba factible. "¿Cómo crees que reaccionaría tu jefe si te levantas, te apoyas en la mesa y le pones el culo en pompa para que vea cómo cuelga el cordón del huevo a través de la tirilla del tanga?". Contestaste sin dudar: "Si me viera hacer eso, no tardaría ni medio segundo en acercarse a comerme el coño".
"Joder, niña, me estás poniendo muy burro. Espero que no venga nadie que me obligue a levantarme, pues no hay modo de disimular esta erección. ¿Y tu jefe? ¿Se ha dado cuenta de algo?". Le dijiste que no, que parecía, al fin, ignorarte. Eso pareció decepcionarle un poco, así que le diste carnaza de nuevo. "Tal vez, si le llamo para que se acerque a mi mesa...". Estabas segura de que él iba a responder que sí, que ya tardabas en hacerlo. Esperaste con ansia, pero su correo, una vez más, tardaba en llegar. Te disponías a escribirle de nuevo cuando notaste una fuerte vibración en el interior de tu coño. La sorpresa y el repentino estremecimiento de placer que subió desde tu coño hasta tu garganta casi te hicieron gemir. Era una vibración potente, que te atravesaba las entrañas y que provocaba que las paredes de tu vagina presionaran con fuerza el huevo, pidiendo más. De repente, el huevo dejó de vibrar. Te mosqueaste, no sabías qué cojones estaba pasando. Miraste de reojo a tu jefe, pero él seguía concentrado en la pantalla del ordenador. Tecleaste: "Oye, esto se ha puesto a vibrar de repente. Solo. El mando está en la caja". Antes de acabar de escribir la frase ya sabías qué estaba pasando. Esta vez, la respuesta llegó pronto: "No, niña, no está en la caja". Para acabar de confirmar tus sospechas, el huevo empezó de nuevo a vibrar mientras tu jefe te miraba con sonrisa de lobo.
"Un tío con mucha imaginación, tu novio", dijo tu jefe mientras en su mano enarbolaba con gesto de autoridad el mando del vibrador. Te quedaste de piedra. No sabías cómo reaccionar. Hubo un momento en que empezaste a enfadarte, pero la lujuria te había atrapado con fuerza y, de alguna manera, sabías que tarde o temprano algo así iba a suceder. Un nuevo mensaje apareció en la pantalla del ordenador. "Tienes mi permiso, babe, para que te coma el coño. Sin prisas. Él conectará la webcam de su portátil para que yo lo pueda ver. Disfruta, que yo también lo estaré haciendo."
(Continuará)
lunes, 6 de septiembre de 2010
El cliente
Un día más, la sensación de no dar abasto en el trabajo empezó a adueñarse de ella. El estrés no siempre era tan terrible, a veces le servía para ponerse las pilas e ir finiquitando tareas pendientes que de otro modo se acumularían en su mesa. Sin embargo, ese día la estaban superando. Intentó relajarse bajando a comer al bar de la esquina, pero comió mal y atropelladamente. Tenía una cita con un cliente en menos de una hora y no dejó de mirar el reloj entre bocado y bocado. Tampoco ayudó que prácticamente el resto de comensales, currantes de un polígono industrial cercano, no dejaran de observarla y, sospechaba, hacer comentarios sobre ella. Es cierto que ese día había estrenado una ropa probablemente demasiado provocativa para ir a trabajar, pero esa mañana se había dejado llevar por un arrebato de optimismo. Unos pantalones negros de imitación látex se ceñían como una segunda piel a sus piernas y a su trasero y combinaban estupendamente con unas botas de caña alta y buen tacón. Por arriba, para compensar, no iba tan ajustada, aunque su fina blusa dejaba adivinar unos pechos generosos. Desechó ponerse la chaqueta, pues hacía calor en el atestado antro y esperaba marcharse lo más pronto posible. Por otro lado, ninguno de ellos se había mostrado desagradable ni excesivamente descarado. "Que les aproveche", pensó, sin dejar de sentirse, bajo la pátina de incomodidad, ligeramente halagada.
Necesitaba arreglarse un poco antes de visitar a su cliente y, tras pagar la cuenta, se levantó para ir al baño. Tal y como temía, llamó de nuevo la atención. Intentó no acelerar demasiado el paso mientras notaba cómo al menos una docena de ojos la seguían. Cerró la puerta del aseo con cierto alivio y, antes de acicalarse, usó el váter. Le costó bajarse los pantalones, estaban realmente pegados a su piel, pero le encantaba esa sensación. Se recreó en ella mientras se ponía de nuevo el finísimo tanga y los pantalones y con las manos alisaba las arrugas en los muslos y nalgas. La idea fugaz de que los tipos del bar pudieran observarla en ese momento la hizo sonreír con maldad. Se sentía sexy, vaya que sí. Nunca usaba maquillajes exagerados, y mucho menos en el trabajo, pero esta vez se gustó en los retoques un poco más de lo habitual.
Cuando salió del baño se sentía más segura que antes. De todos modos, se dirigió a buen paso a la salida sin desviar la mirada. Una vez en el coche, suspiró y se encaminó hacia el centro de la ciudad, donde el cliente tenía su despacho.
Tal y como temía, el tráfico era infernal. Volvió a ponerse nerviosa cuando se percató de que difícilmente iba a poder llegar a tiempo. Eso le fastidiaba sobremanera. Era la primera visita de trabajo con su cliente y no quería empezar con tan mal pie. Le conoció el día en que su jefe y ella le hicieron una visita para presentar su empresa y venderse como posible proveedor. No le causó mala impresión, aunque durante la entrevista, que monopolizó por completo el pesado de su jefe, tuvo la sensación de que la ignoraba. No obstante, tanto al saludarla como al despedirse fue muy amable. Era un cincuentón largo, con un estilo un poco campechano, pero que destilaba clase. Al hablar gesticulaba con unas manos grandes y morenas, más comunes en hombres que realmente las usan para trabajar. Era un hombre grande, no excesivamente corpulento, y de presencia y maneras arrolladoras. Les atendió con indisimulado interés y no tardó mucho en proponer, lo antes posible, una primera visita de trabajo. Ella había tenido que preparar con urgencia todo un nuevo muestrario personalizado de productos y una primera oferta sobre la que trabajar. En buena medida, la impaciente energía del cliente había sido la causa de sus últimos días de estrés. En ese momento, mientras buscaba aparcamiento como una loca por las abarrotadas calles del centro, estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad.
Al final consiguió dejar el coche en un aparcamiento subterráneo a unos quinientos metros del despacho de su cliente. Ya se había hecho la hora. Cargada con la enorme carpeta del muestrario y con su bolso, salió corriendo a la calle y, al atravesar un paso de cebra que acababa de ponerse en rojo, casi se dio de bruces con un deportivo del mismo color que iniciaba la marcha. "¡Idiota!", le espetó al conductor mientras hacía equilibrios para que no se le desparramase todo por el suelo. Llegó como pudo al otro lado de la calle y, cuando se disponía a seguir la carrera, oyó cómo a su espalda alguien la llamaba por su nombre. Se giró y, tras la ventanilla que bajaba, vio un rostro conocido y sonriente al volante del deportivo rojo. "Me parece que los dos llegamos tarde a una cita, ¿verdad?", le dijo su cliente. Ella pensó que no estaría tan mal si en ese preciso momento la tierra se la tragara.
Él se ofreció a llevarla y ella no tuvo más remedio que aceptar con un susurro mientras intentaba digerir el sofoco. Era un dos plazas con muy poco espacio interior, así que tuvo que ingeniárselas para meter la carpeta y luego acomodar su cuerpo a un asiento tan espectacular como rígido. Una vez se ajustó el cinturón, azuzados por las bocinas de los otros coches que esperaban detrás, el cliente metió primera y salió disparado. Después de deshacerse en torpes disculpas que el otro atajó con un par de risas, como no sabía muy bien qué decir, se concentró en la música. Sonaba, a buen volumen, una versión del Take a walk on the wild side cantado por la voz falsamente inocente de Vanessa Paradis. Ella pensó que su cliente era un cincuentón con restos de síndrome de Peter Pan pero, sin duda, con buen gusto.
...Hey honey
Take a walk on the wild side
...Hey honey
Take a walk on the wild side
La estrechez del coche obligaba a que ella tuviera que apartar la pierna cuando su cliente cambiaba de marcha, cosa que hacía a menudo y que por esa causa -ella quiso suponer-, no apartaba la manaza del pomo del cambio. Como no quería violentarlo, sólo apartaba la pierna ligeramente, lo cual no evitaba que, de tanto en tanto, la mano rozara su ajustado pantalón. No había modo de poder relajarse, pensó ella con cierta resignación. Durante el breve camino al aparcamiento privado del edificio de sus oficinas, su cliente también se disculpó. Había salido tarde de un curso intensivo de fotografía que estaba haciendo. Ella, algo sorprendida, le confesó que la fotografía era también una de sus pasiones. Él le dijo que hasta ese momento no le había llamado especialmente la atención, pero en poco más de un mes se iba de viaje al Himalaya y tenía la intención de traerse buenos recuerdos de allí. Lo dijo sin alardes, con naturalidad y transmitiendo cierto entusiasmo, pero ella no pudo evitar que le reconcomiera la envidia.
Aunque ya lo había notado en el coche, en el ascensor ella fue consciente, por primera vez, de la intensidad del olor del hombre. Usaba una colonia cara, pero ésta no sólo no enmascaraba sino que acompañaba, con su aroma, el propio del hombre. No era desagradable. Más bien lo contrario, le gustaba su olor. Y le gustaba mucho. Se permitió disfrutar de la sensación mientras la voz de Vanessa continuaba danzando en su mente.
But she never lost her head
Even when she was giving head
Even when she was giving head
...Hey babe
Take a walk on the wild side
Take a walk on the wild side
Antes de entrar en su despacho, el cliente le indicó a su secretaria –una tipa tan atractiva como seca, “ideal para ejercer de dominátrix”, se sorprendió pensando ella- que no le pasara ninguna llamada mientras estuviera reunido. Ella se sintió complacida, un buen gesto por su parte. La cosa prometía. Ojalá todo fuera sobre ruedas y pudieran cerrar un buen trato con este cliente.
Aunque ya conocía el despacho de su cliente de la anterior ocasión, ella no pudo evitar sentirse de nuevo abrumada por el lujo, funcional y sin estridencias, y con detalles curiosos, muy personales. Aquí y allá había algún objeto (de artesanía, pequeñas estatuas, máscaras, armas antiguas y demás) que era evidente que no había sido adquirido en una tienda de decoración. Él se percató del interés de ella y le contó que eran recuerdos de su gran pasión: viajar. Todos los años hacía dos o tres largos viajes en solitario. Una de las ventajas, le contó, de estar divorciado y de tener los hijos mayores es la libertad de poder hacer lo que le viniera en gana sin rendir cuentas a nadie. “Y estar forrado de pasta, también”, pensó ella.
Se sentaron en una mesa de reuniones ovalada. Él lo hizo junto a ella, no enfrente, para que le pudiera enseñar el muestrario cómodamente. Se sentó muy cerca, de tal forma que era imposible que sus rodillas no estuvieran en contacto. La cercanía, de nuevo, hizo que una vaharada del olor del hombre la embargara. Seguía oliendo demasiado bien su cliente. Tanto, que empezaba a sentirse levemente excitada. Tuvo que reprimir la imagen fugaz que cruzó su mente de su maduro cliente poseyéndola contra la pared del despacho. Lo consiguió, pero el esfuerzo la hizo ruborizarse. Él la miró de reojo y sonrió levemente antes de volver la mirada al muestrario. “¿Empezamos?”
Ella se concentró en el trabajo. Al menos lo intentó. Sin embargo, una parte de su mente seguía revoltosa y su cuerpo empezó a funcionar de modo autónomo. Empezaba a hacer mucho calor en su ajustada entrepierna. Las manos de su cliente, grandes y venosas, estaban a pocos centímetros de las suyas, encima de los folletos del muestrario que iba desplegando. En más de una ocasión se rozaron, pero él nunca las retiraba. La imagen que había reprimido insistía una y otra vez en regresar a su mente, alimentándose con nuevas variantes y posturas.
“Da gusto trabajar con una belleza como tú”, le dijo de repente, sin elevar la voz, casi en un susurro. Ella se quedó paralizada, mirando fijamente a los papeles, sin saber qué decir ni cómo reaccionar. La manaza de él se acercó a su cara y le levantó suavemente la barbilla. Ella se encontró con sus ojos. Unos ojos que brillaban de deseo, de conocimiento y de experiencia. Y de saber que nada se le podía negar si él se empeñaba en ello. “Estás tremenda con esos pantalones y con ese escote que no ha dejado de provocarme desde que nos hemos sentado”. Ella se llevó la mano al pecho y descubrió cómo un botón más del habitual se había soltado. Una ola de calor le recorrió el cuerpo mientras sus pezones se ponían duros como una piedra.
Una mano de él bajó hasta sus muslos y empezó a acariciarlos. El ajustado tejido le enviaba, o incluso multiplicaba, el contacto. La otra mano bajó hasta su blusa y empezó a desabrocharle los botones restantes. Ella estaba paralizada, confusa, pero su cuerpo ardía de deseo. Una vez le soltó el último botón de la blusa, él se apartó para admirarla. “Impresionante. Mucho mejor de lo que imaginaba. Levántate y ponte sobre la mesa”. Por un momento, ella tuvo la oportunidad de cortar en seco y largarse. Esa orden la hubiera irritado sobremanera si no estuviera ya poseída por la lujuria. Se descubrió que no solo no la enfadaba sino que estaba deseando obedecerle en todo. Se levantó y tumbó el torso sobre la mesa. Notó el frío en los pezones, pero eso sólo consiguió ponerlos todavía más duros. Unos eternos segundos después, las manos de su cliente empezaron a sobarle el culo. Ella se retorcía ligeramente mientras él lo sobaba a conciencia. Luego le bajó el pantalón, sólo hasta las rodillas, y empezó a jugar con las finas tiras del tanga. Ella notaba las ásperas manos de él hurgando, descubriendo poco a poco sus rincones más íntimos. De repente, justo cuando ella empezaba a gemir, notó algo húmedo que presionaba su esfínter. Un grueso dedo de sus manazas empezó a trabajárselo a conciencia. Ella sólo notó un pequeño atisbo de dolor. Su culo estaba tan dispuesto como el resto de su entrepierna. Al poco, otro dedo acompañó al primero. Ella dio un respingo, pero levantó las caderas para facilitarle el trabajo. Se sentía mancillada y algo humillada, pero estaba loca de lascivia.
Sin aviso, él paró y sacó los dedos de su culo. “Quiero probar esa boquita. Prepáramela”. Ella se giró y se arrodilló en el suelo. Él no se había quitado la ropa. Se bajó la bragueta y sacó fuera una polla oscura, no demasiado larga pero bastante gruesa. Ella la cogió y de inmediato se la metió en la boca. Mientras él suspiraba profundamente, ella notaba cómo la polla seguía aumentando en dureza y tamaño. Era realmente gorda, y le costaba abarcarla bien en el interior de su boca. Se asustó ligeramente al pensar en que iba a meterle esa cosa enorme en su culo, pero por otro lado lo estaba deseando.
Él no la dejó hacer durante mucho tiempo. La levantó como si fuera una muñeca, se sentó en una silla y la obligó a sentarse de espaldas sobre él. Concretamente, sobre su polla. Ella notó cómo su esfínter, a pesar de la dilatación previa, se quejaba ante la cantidad de carne que pretendía entrar. Poco a poco se dejó caer sobre la polla, notando cómo se abrían sus entrañas, hasta que se la metió por completo y sus nalgas descansaron sobre los muslos de él. “Muévete, zorra”, le dijo con voz ronca, mientras le cogía con fuerza la cintura y le marcaba cómo debía hacerlo. Ella lo cabalgó despacio, notando cómo su gruesa polla la dilataba, la abría y la poseía sin tregua. “Puedes tocarte el coño mientras”, le espetó él, más como una orden que como una sugerencia. Ella obedeció, por supuesto, pues lo estaba deseando. Se sentía muy puta, completamente poseída por la lujuria. No tardó mucho en notar cómo se acercaba el orgasmo, sobre todo cuando notó las embestidas más ansiosas de él y sus jadeos, casi gruñidos, aumentaban de frecuencia, hasta que descargó en su interior, llenándola de un semen abundante y caliente. Con la polla todavía en su interior, ella siguió moviéndose y tocándose, gimiendo cada vez más alto, hasta que un temblor enorme atravesó su cuerpo y se corrió con una intensidad brutal.
El trato, sin duda, estaba cerrado.
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