jueves, 4 de abril de 2013

LA TERRAZA

El sol bañaba la terraza de la cafetería. Era una mañana de domingo de finales de septiembre, de cielo azul y despejado. El calor todavía era agradable y los clientes habían ignorado las pocas mesas que quedaban a la sombra, con una excepción. En un rincón, a resguardo de cualquier rayo de luz, un tipo se parapetaba tras un café cargado y  unas gafas de sol. Sus gestos eran lentos, pesados. Tenía entre las manos un periódico que alternaba con el suplemento dominical, pero no parecía prestar demasiada atención a ninguno de los dos, pues levantaba a menudo la vista para observar al resto de comensales. Su mirada, oculta por los cristales oscuros y las sombras de su rincón, se dirigía sobre todo a una pareja joven, de treintañeros, que desayunaban un par de mesas más allá.

La noche anterior había sido larga. Juan salía en contadas ocasiones y tenía, a sus cuarenta y pocos, las suficientes tablas como para saber medir el alcohol que su cuerpo toleraba sin que le causara demasiados estragos al día siguiente. Pero esta vez la experiencia le había servido de poco. La resaca le había golpeado con dureza al despertar esa mañana. Había intentado aplacarla con analgésicos y algo más de sueño, pero el esfuerzo había sido en vano. Harto de dar vueltas en la cama, había decidido que iba a ser más sencillo que alguien le preparara el desayuno, así que después de la ducha bajó al kiosco y se dejó caer por la cafetería, esperando que remitiera la saña con que su cabeza le recordaba los excesos nocturnos.

Juan podría haber previsto lo que iba a ocurrir. Pero llevaba mucho tiempo sin salir y se sentía demasiado torpe para poder leer la noche tal y como hacía veinte años atrás. Todavía no había recuperado las claves que permitían que fuera más fácil que la noche acabara con final feliz. Sospechaba que eran las mismas de siempre –hay cosas que en el fondo no cambian-, pero los largos años de matrimonio parecían haberle atrofiado los instintos. Ahora que volvía a estar solo, se sentía desorientado y torpe y quizás por ello acabó bebiendo más de la cuenta. Es cierto que en uno o dos de los garitos hubo alguna mujer que le sostuvo la mirada y a la que creyó ver sonreír, pero le faltó el valor suficiente. O tal vez le falló la autoestima. O ambas cosas. Sin embargo, su compañero de juerga sí triunfó. Ser veterano es un grado, especialmente en el batallón de los divorciados, donde los novatos han de bregar duro para encontrar en el espejo, de nuevo, una mirada de orgullo.

Juan tomó un sorbo de su café, esperando encontrar cierto alivio tanto a la espesura de su cabeza como a la desazón que empezaba a escarbar en sus tripas. Quiso distraerse intentando de nuevo leer el suplemento dominical. Se trataba de un artículo sobre decoración para pisos de solteros de sexo masculino. Todo muy moderno, muy chic y muy minimalista. Pero las letras le bailaban y las fotos le parecían demasiado ajenas. Su piso carecía de otro estilo que no fuera el de muebles viejos y reciclados y el desorden permanente. Es lo que tiene comprar diarios para progres pijos, pensó Juan, que le sacan a uno su lado más cutre.

Harto de la revista, Juan levantó la mirada y volvió a fijarse en la pareja que poco antes había llegado a la cafetería. Él estaba absorto en la lectura de un diario deportivo. Se inclinaba sobre la mesa para leerlo y toreaba con monosílabos los intentos de conversación de ella. Ella lo regañó con un mohín -que él también ignoró-, sacó el móvil del bolso y se puso a trastear. Juan podría haber sentido un poco de comprensión gremial con el chaval, pero no esa mañana. Cuando la pareja había llegado a la cafetería fue ella quién le había llamado la atención. Imposible no hacerlo. Lo que vio le obligó a envidiar al cabrón afortunado, fuera ese o cualquier otro, que pudiera disfrutar de un bombón de ese calibre. Era una mujer alta, guapa al natural y de curvas bien dispuestas, sin que le faltara ni le sobrara ninguna. Vestía una camisa blanca de tejido fino y escote ancho, que descansaba sobre unos pechos que no podían disimular su abundancia. Más allá de la minifalda vaquera  se extendían unas largas piernas que todavía conservaban los tonos dorados del reciente verano. Calzaba unas sandalias de esparto de tacón generoso que se ceñían a sus pantorrillas con unas cintas rojas. El conjunto le resultaba tan sencillo como tentador. Le recordaba, en cierto modo, a otras curvas perdidas y mal arrinconadas en la memoria.

Ocultos por las gafas de sol, los ojos de Juan recorrían el cuerpo de la mujer. Empezó a apoderarse de él cierta sensación de transgresión que le alteró el pulso. Al principio la observaba con cierto disimulo, como si estuviera mirando hacia otro lado, pero poco a poco, ayudado por los restos de alcohol que todavía revoloteaban por su cuerpo, lo fue haciendo con más descaro. Ella levantó en un par de ocasiones la mirada de la pantalla del móvil en su dirección y Juan podría haber jurado que era consciente de que la estaba observando. Sin embargo, ella no hizo ningún movimiento evasivo, pero sí hizo un comentario a su pareja. Juan temió el chivatazo y se refugió en la revista, pero el tipo murmuró algo y siguió a lo suyo. Juan supuso que no había sido más que otro intento fallido de captar la atención del chico y, al poco, volvió a observarla.

Ella lanzó una mirada lánguida a su pareja. Luego, abandonó el móvil encima de la mesa, echó el cuerpo hacia atrás y movió a un lado la silla, en un ángulo que a Juan le permitió observarla mucho mejor. Una vez tuvo espacio suficiente, se recostó contra el respaldo y cruzó las piernas. El movimiento le descubrió todavía más los muslos y ella pareció demorarse unos segundos antes de ajustar el borde de la falda y tapar unos pocos centímetros de piel. Juan se estremeció. No pudo evitar pensar que se estaba exhibiendo para él. Una sensación casi olvidada se despertó en su interior. Su instinto de caza, sacudiéndose el polvo de lustros de monogamia, empezó a emerger. A Juan lo pilló desprevenido y un escalofrío le sacudió el espinazo. Casi no se reconocía a sí mismo.

Ella le devolvió la mirada. También llevaba gafas de sol, y tal vez fue sólo la imaginación de Juan, pero creyó ver cómo sus ojos se fijaban en los suyos durante dos eternos segundos.  Juan sentía como el colmillo empezaba a gotearle. Tenía los sentidos a flor de piel. Casi podía olerla, a pesar de la distancia que los separaba. Imaginó que por encima de esa piel suave y limpia, seguramente perfumada, empezaba a elevarse un olor básico, poderoso, un olor que echaba dolorosamente de menos. Olor a hembra, a hembra dispuesta.

Juan apuró el café como si de un lingotazo de whisky se tratara. Se lo habría tomado encantado. La resaca ya no era ni un lejano recuerdo. El cuerpo se le había envalentonado y el objetivo estaba ahí, a pocos metros, pidiendo guerra. O eso quería creer. “Joder”, pensó, mientras echaba una mirada asesina al novio de la chica, “ya se me habría podido aparecer anoche. Qué desperdicio.”

Ella se levantó. Lo hizo lentamente, regalando unas buenas vistas de todos sus perfiles que Juan no dejó de aprovechar. Recogió su bolso y, sin decirle nada a su pareja, se encaminó al interior de la cafetería. Mientras abría la puerta, se giró ligeramente hacia Juan. Ella todavía llevaba las gafas de sol puestas, pero Juan supo con certeza absoluta que le había mirado. Y que en esa mirada se ocultaban muchas posibilidades.

Un amago de duda atenazó a Juan. Deseó tener a mano uno o dos de los cubatas que anoche le sobraron para poder despegar de la silla y hacer lo que buena parte de su cuerpo clamaba a gritos. “Ve, cojones, ¿qué puedes perder?”. Lanzó un último vistazo al chaval y a su diario. A Cristiano le dolía un pie, decía el titular de portada a toda página. Lo absurdo del interés del tipo por chorradas como esa cuando podía disfrutar de un regalo de la naturaleza como ella le cabreó. Y el cabreo le hizo levantarse y entrar en el bar.

Ella no estaba a la vista. Al fondo se encontraban los aseos, tras una puerta que daba a un pequeño pasillo. Juan ya había estado ahí, pero nunca sus tripas habían estado tan encogidas ni su boca tan seca como en ese momento. Atravesó el bar con zancadas urgentes y abrió la puerta del pasillo. Unos pocos metros y, al fondo, a cada lado, los aseos. El suyo estaba a la izquierda, pero lo ignoró. En el de la derecha se oía correr el agua. Juan cogió la manija despacio. El cuerpo le temblaba.

Un instinto feroz ocultó la conciencia de Juan como una nube oscura y densa y ahogó el brote de pánico. Abrió la puerta y se encontró de bruces con la imagen de ella en el espejo. Ella estaba retocándose el carmín de los labios, la boca haciendo una O que se agrandó tanto como sus ojos cuando lo vieron llegar. Pasaron unos segundos eternos antes de que ella hablara, cuando vio que Juan no hacía movimiento alguno para marcharse. “Te has equivocado de puerta”, le dijo. Juan todavía la miró un momento antes de responder. Estaba a un palmo de distancia y le resultaba todavía más impresionante que en la terraza. Con los tacones y esas piernas interminables, era casi tan alta como él.

Juan oyó una voz lejana, que salía de un pozo profundo. Era la suya. “No, no me he equivocado”. “Sabía que estabas aquí”. Ella se echó hacia atrás. En su rostro había una pizca de miedo y enfado, pero Juan también creyó ver otra pizca de interés. Juan era consciente de que ese momento era el más delicado y sentía el cuerpo tenso, como si caminara en el filo de una navaja, y cualquier error, cualquier torpeza, tendría consecuencias desastrosas.

Juan se acercó despacio hacia ella, como un depredador que calcula el efecto de cada movimiento en las reacciones de la presa. Levantó una mano lentamente y la tocó en el brazo. Ella dio un ligero respingo, pero no se apartó. Juan esbozó una media sonrisa, ligeramente ladeada a la izquierda. "No he podido dejar de mirarte.", dijo mientras su mano acariciaba el brazo de ella. "Tienes la piel tan suave como imaginaba. Y muy caliente." Ella seguía inmóvil, mirándole a los ojos; sus labios de carmín brillante entreabiertos. Juan deseó besarlos, morderlos, devorarlos. En ese momento fue consciente del doloroso bulto que se había formado en la entrepierna de sus vaqueros. Arrimó su rostro al de ella pero se detuvo a pocos centímetros de su boca, bajó la cabeza y le olió la base del cuello. Bajo la piel palpitaba acelerado su pulso, como el de un pajarillo que acabara de atrapar.

Olía a gloria. El ligero perfume no podía ocultar un olor más intenso. Un olor que emborrachó a Juan hasta las cachas, que hizo rugir de placer al animal que bregaba en su interior. Juan lo liberó. Hundió la cara en el cuello de ella y empezó a besarlo, a lamerlo, a darle pequeños mordiscos. Ella gimió.

Juan siguió besándola. Le buscó la cara. La besó en los ojos. Le comió los morros. Hundió la lengua en su boca y la entrelazó con la de ella. Ella gemía.

La estrechó contra su cuerpo. Juan se sentía fuerte, con una energía que hacía eones que no sentía. Notó cómo los pechos de ella se aplastaban contra su torso. Se separó un poco, lo suficiente para cogerla de la cintura mientras seguía devorándola, y le sobó las tetas. Tenía los pezones como piedras. Ella gimió.

Le dio la vuelta, de cara contra el espejo. Ella apoyó las manos en el lavabo para sujetarse cuando Juan se echó sobre su espalda, acoplando su cuerpo al de ella. Ella estaba ardiendo. Él se sentía borracho de lujuria. Le liberó las tetas del sujetador y las sacó por encima del escote. Las admiró en el espejo. Ella podía ver perfectamente lo que él veía. Y también veía su rostro. Oscuro, los ojos entrecerrados, la boca ávida y húmeda que volvía a recorrer su nuca.

"Me gustan los coños", dijo la voz de Juan. "Seguro que tienes un buen coño. Uno dulce y salado, que huele como tú". Juan metió la mano bajo la falda de ella. En su camino sólo encontró una empapada tira de tanga.

“Me gusta su sabor. Me gusta cómo se siente. Me gusta el modo en que es sólo él y yo.” Su mano continuaba explorando, atrevida, y separaba unos labios que empezaban a hincharse con avidez. Juan notó cómo un flujo cálido le empapaba los dedos. “Me gustaría deslizar mi lengua dentro y saborearlo hasta que te corras.” Ella apretó sus nalgas contra la entrepierna de él. “¿Qué más harías?”, preguntó con un hilo de voz. “Entonces te follaría”. Ambos dedos se deslizaron con suma facilidad en el interior de su coño. “Me gustaría follar tu dulce coñito.”, le espetó, ronco, al oído. “Y luego me gustaría follarte el culo a empellones”.

Ella gimió de nuevo mientras él movía los dedos en el interior de ella, penetrando cada vez más, abriendo su más que dispuesto coño. Ella abrió los ojos y su imagen en el espejo le mostró un rostro lleno de temor, pero también de deseo ansioso, urgente, animal. Observaba el reflejo oscuro de él, su expresión dominante, plena de un conocimiento en el que se adivinaban peores locuras. Le temblaban las piernas. Necesitaba que él cumpliera sus promesas, que abusara de su cuerpo y que la follara sin contemplaciones.

Se oyó una puerta al otro lado del pasillo. "¿Sara?". Se quedaron inmóviles, congelados. "¿Estás ahí? ¿Te encuentras bien?". A ella le entró el pánico y se revolvió, intentando separarse. "¡Sí, ya salgo!", dijo con voz nerviosa. "Venga, que llevas una hora ahí dentro".

Juan, sin embargo, no se movió. Tenía el bocado entre los dientes, jugoso y chorreante, y no estaba dispuesto a renunciar a él. Sara lo miró a través del espejo, suplicante, hasta que él finalmente se apartó. Juan jadeaba y la miraba con ojos entrecerrados. Ella se ajustó la ropa a toda prisa y se atusó el pelo. Luego se volvió hacia Juan y lo observó durante un segundo. Metió la mano en el bolso y revolvió frenética hasta que sacó un bolígrafo. Cogió la mano de Juan y garabateó una corta frase.

Sara sólo le dedicó una última mirada antes de salir con mucho cuidado, abriendo la puerta sólo lo necesario mientras él quedaba oculto detrás.

Juan se miró la mano. En sus dedos todavía brillaba la humedad de ella. En la palma había escrita una dirección de correo electrónico.

FIN