miércoles, 25 de enero de 2012

Noche de Reyes

En el resto de la planta seguía la juerga, corrían el cava y los cubatas y alguien incluso se atrevía con algo más. Sin embargo, ella se sentía cansada, así que después de zafarse de varios compañeros que intentaron disuadirla, finalmente logró escabullirse a su pequeña oficina.
Sintió alivio al comprobar que ya no había nada pendiente en la programación de trabajo y esperó que durante lo que quedaba de noche no se produjera ninguna incidencia.  Cerró la puerta y las ajadas venecianas de las mamparas de cristal que daban a la zona común para intentar conseguir algo de intimidad, aunque seguía oyendo el ruido de las risas y el jaleo de los que ya estaban literalmente borrachos. Fiel a su costumbre, se puso cómoda, se quitó los zapatos y el sostén y se arrellanó en el enorme sillón reclinable que ocupaba buena parte del espacio de la oficina. Se sentía un poco mareada por el par de copas que había tomado, así que desechó la lectura como somnífero y encendió el televisor. Estuvo zapeando con poca fe en encontrar algo que mereciera la pena. Pasó rápido por las cadenas que todavía exprimían sus programas de fin de año y casi estuvo a punto de apagar la tele cuando, en un canal local, tropezó con una película que le llamó la atención. Era “Cuatro bodas y un funeral”, comedia que le gustaba mucho y que ya había visto incontables veces, pero se alegró al descubrir que la emitían en versión original con subtítulos. Le encantaba oír los balbuceos de Hugh Grant con su auténtico acento británico, así que dejó puesto el canal. No pasó mucho tiempo hasta que empezaron a bailarle en la retina las letras de los subtítulos y acabó dejándose vencer por el sueño.
La canción de los créditos del final la despertó. Se sentía hecha polvo, fastidiada a medias por haberse perdido la película y a medias por haberse despertado. Notaba la boca seca y la lengua pegajosa y, al levantarse para beber, le pareció ver cómo una sombra se movía al otro lado de las mamparas. No le dio importancia, pues las persianas estaban cerradas y no creía que desde fuera nadie la pudiera ver. Mientras bebía un largo trago se percató de que ya no se oía follón en el exterior, sólo el murmullo inaudible de alguna conversación. Le resultó un poco extraño, ya que en otras ocasiones la fiesta se había prolongado casi hasta el amanecer. Mejor  para ella, pensó, mientras se apoltronaba de nuevo en el sillón.
La pequeña interrupción había logrado desvelarla, así que se lo pensó dos veces antes de apagar el televisor y continuó mirando la pantalla con desinterés, a ver si así lograba dormirse de nuevo. La publicidad del canal local era horrible. Se componía de anuncios más propios de un teletienda cutre. Alargó la mano para coger el mando y pasar de canal cuando la pantalla se tiñó de rojo y fucsia y apareció un mensaje de advertencia. “El siguiente programa puede herir la sensibilidad el espectador. Exclusivamente para mayores de 18 años.” Levantó una ceja mientras dudaba entre cambiar de canal o apagar el trasto definitivamente. Sin embargo, no hizo ninguna de las dos cosas y se dejó llevar por el gusanillo de la curiosidad.
La película era la típica porno de los canales locales. Tenía por lo menos una década y la emisión era de tan baja calidad que le recordó a los vídeos VHS. Por los créditos del principio, parecía una película italiana. Eso le gustó, pensó que quizás tuviera algo de argumento y no fuera el típico aquí te pillo aquí te mato de las películas yanquis que tanto detestaba.
Trataba de una criada jovencita, de curvas generosas y uniforme breve, recién contratada para trabajar en la mansión de un tipo rico. El señor de la casa no tardaba en empezar a ejercer de amo, también, de la nueva criada. En la primera escena, requirió su presencia mientras él se daba un baño y la obligó a enjabonarle hasta el último rincón, incluyendo su bien predispuesto miembro. El enjabonado y posterior aclarado continuó con una limpieza a fondo de la polla con las manitas nerviosas pero hábiles de la criada para dejarla reluciente; limpieza que terminó con la cara y el uniforme de la moza empapados de agua y de algo más espeso.
Ella estaba bien atenta a lo que ocurría en la película. Su rostro comenzó a enrojecer mientras su aliento se escapaba entrecortado. Pronto empezó a notar un ardor incipiente en otros lugares de su cuerpo.
Mientras en la pantalla empezaba una nueva escena en la que el señor ofrecía generosamente los servicios de su criada a un grupo de invitados, ella deslizó una mano debajo del elástico del pantalón y con los dedos pudo comprobar que la humedad ya estaba empapando sus braguitas. Ese primer contacto, incluso a través de la tela, la hizo estremecerse. No tenía ninguna prisa, así que empezó a recorrer con los dedos la costura de las bragas que se ajustaba a los límites de sus labios mayores. Hacía poco que se había depilado a conciencia esa zona, por lo que sentía el contacto con mucha intensidad.
En la película, los invitados del tipo, recostados en enormes sillones, obligaban a la criada a que fuera pasando de uno a otro. Le magreaban el culo y las tetas sin contemplaciones, rudamente, casi con violencia. Le exigían que chupara una polla mientras con las manos se ocupaba de otras dos. Un gordo cincuentón cuya polla, corta pero muy gruesa, disfrutaba de su turno en la boca de la moza, estaba fumando un puro y dejaba caer la ceniza, aún caliente, sobre las nalgas de la criada. Mientras, otro más viejo, tumbado en el suelo debajo de ella, le mordisqueaba y pellizcaba los pezones. Curiosamente, ninguno se la follaba ni tampoco se ocupaba de comerle o tocarle el coño, a pesar de que la criada, a esas alturas, parecía estar chorreando cantidades enormes de flujo por sus muslos. Gemía y contoneaba las caderas, suplicando que metieran caña a su entrepierna, pero nadie lo hacía. Su amo y señor, que estaba observando el numerito mientras tomaba un whisky a cierta distancia, sin participar, había establecido muy claramente las reglas. El cabrón sonreía ligeramente ladeado a la siniestra y con cara de lobo.
Ella acercó dos dedos a su boca y sacó la lengua para chuparlos. Los ensalivó a conciencia antes de meter la mano debajo de las bragas. Tenía el coño ligeramente inflamado y la humedad de la entrada de su vagina se mezcló con la saliva que empapaba sus dedos. Sabía que su coño no tardaría mucho en hincharse, abrirse como una flor y pedir guerra. Luchaba con las ganas de acariciarse a fondo el clítoris y de meterse los dedos, pues era consciente de que en su estado de calentura iba a durar muy poco antes de correrse.
En esas estaba, retorciéndose ligeramente en el sillón mientras sus dedos jugaban con los pliegues de su coño, cuando oyó un ruido en la puerta. Se quedó parada, con la mano todavía en el interior de sus bragas. El susto dibujado en su rostro se convirtió en alarma cuando vio que no había echado el cerrojo y cómo el pomo de la puerta empezaba a girar.

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