jueves, 16 de septiembre de 2010

Comida de trabajo (I)


(Dedicado a Ximo)

Joaquín conocía el restaurante de sobra; y la situación -una comida de trabajo-, también. Sin embargo, la compañía era totalmente nueva. A pesar de que habían trabajado juntos desde hacía bastantes meses, jamás, hasta ese momento, había compartido con ella mesa y mantel. Eso le hacía sentirse un poco extraño, como desubicado, como si tuviera que encontrar de nuevo las claves para que fluyera la conversación como siempre entre los dos: de buen rollito, relajada y salpicada, de vez en cuando, con bromas y risas.

Joaquín no tardó mucho en sentirse a gusto, sobre todo al ver cómo ella disfrutaba sin remilgos de la comida. La chavala tenía la virtud de mostrarse tan natural como la conocía, sin artificios ni aposturas. Quizás por eso ella siempre le había hecho gracia. Le gustaba su forma de ser y tenía que reconocer que poseía un físico contundente, muy femenino y con las curvas en su sitio, alejado de los cánones anoréxicos que tanto echaban a perder a muchas mujeres.



Entre bocado y bocado, hablaron de mil cosas y muy poco de trabajo, haciendo olvidar a Joaquín la mañana a cara de perro que había tenido en el curro. Notó que esta vez ella hablaba mucho más de sí misma, de su vida, de su forma de ser y de sus relaciones. Ambos rascaron de los recuerdos, se contaron viejas batallitas de juventud y se rieron de ellas. Joaquín empezó a percibirla desde una nueva perspectiva, más profunda que la que permite una relación marcada por los límites laborales. Y le gustaba lo que estaba descubriendo, vaya que sí. Se fijaba en sus gestos, en cómo comía, en cómo entrecerraba los ojillos para compensar la miopía, en los bonitos pendientes que llevaba…

Los platos llegaban y se vaciaban a toda velocidad. A ella no se le acababa el apetito y Joaquín no le iba a la zaga. El tiempo pasaba volando. Hubo un momento, sin embargo, que él luego recordaría especialmente. Estaban comentando cómo se cuidaba la gente, mal en general, y la facilidad con que se recurría a la cirugía estética para compensar. Ella mencionó lo desagradables que resultaban al tacto las tetas postizas de su monitora del gimnasio y lo poco que lucían a la vista. Joaquín no pudo evitar que sus ojos se clavaran en el pecho de ella, protegido apenas por una escueta rebeca, y se atrevió a confesarle que las suyas, a pesar del volumen, no parecían postizas en absoluto. Ella le contestó que por supuesto que no, que quizás eran demasiado grandes y algo incómodas para su gusto, pero que eran bonitas y tenían un tacto firme. Joaquín asintió ligeramente mientras vaciaba de un golpe su cerveza para calmar el repentino calentón.


Durante el resto de la comida, incluso cuando finiquitaban el sorbete del postre, Joaquín no podía dejar de pensar en cómo serían. Intentaba imaginárselas: grandes, rotundas, espectaculares a la vista y suaves y firmes al tacto. Pensó en cómo serían sus pezones y cómo reaccionarían al chuparlos. Se la imaginó tendida en la cama mientras él la desnudaba y exploraba todo su cuerpo lentamente, con curiosidad infinita. No dejaba de mirarla de reojo y, con cualquier excusa, le tocó un par de veces el brazo y el pelo. La deseaba con intensidad, pero no se sentía seguro para dar ningún paso. No quería equivocarse. Al fin y al cabo, la apreciaba demasiado como para fastidiarlo todo por una torpeza.


Sin embargo, cuando llegó el momento de pedir los cafés, Joaquín propuso que fueran a un pub cercano a tomárselos. Y una copa, si se terciaba. Ella lo miró un momento a los ojos –momento que a él se le hizo eterno- antes de aceptar con reservas. El café, de acuerdo, pero no iba a tener tiempo para nada más.

Joaquín intentó que no se le notara mucho la euforia que sentía y que le llevó a pagar la cuenta de los dos. Ella protestó débilmente -“Bueno, vale, pero los cafés los pago yo”- y se encaminaron hacia el pub. Durante el corto paseo él habló poco, pues se debatía entre un lúcido pesimismo –“No te hagas ilusiones, chaval”- y el ansia que empezaba a agarrotarle la garganta. Una tercera vocecilla interior, la de su dignidad, protestaba ante la facilidad con que se había dejado subyugar por un par de tetas. “Pero qué tetas, joder”, replicó la parte vencida y desarmada. Al final tuvo llegar a un compromiso interno y consensuado que lograra hacer callar, al menos de momento, a todas las partes: si viera muy clara la oportunidad, lo intentaría. Si no, pues a plegar velas y listos.

(Continuará...)

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