lunes, 6 de septiembre de 2010

El cliente


Un día más, la sensación de no dar abasto en el trabajo empezó a adueñarse de ella. El estrés no siempre era tan terrible, a veces le servía para ponerse las pilas e ir finiquitando tareas pendientes que de otro modo se acumularían en su mesa. Sin embargo, ese día la estaban superando. Intentó relajarse bajando a comer al bar de la esquina, pero comió mal y atropelladamente. Tenía una cita con un cliente en menos de una hora y no dejó de mirar el reloj entre bocado y bocado. Tampoco ayudó que prácticamente el resto de comensales, currantes de un polígono industrial cercano, no dejaran de observarla y, sospechaba, hacer comentarios sobre ella. Es cierto que ese día había estrenado una ropa probablemente demasiado provocativa para ir a trabajar, pero esa mañana se había dejado llevar por un arrebato de optimismo. Unos pantalones negros de imitación látex se ceñían como una segunda piel a sus piernas y a su trasero y combinaban estupendamente con unas botas de caña alta y buen tacón. Por arriba, para compensar, no iba tan ajustada, aunque su fina blusa dejaba adivinar unos pechos generosos. Desechó ponerse la chaqueta, pues hacía calor en el atestado antro y esperaba marcharse lo más pronto posible. Por otro lado, ninguno de ellos se había mostrado desagradable ni excesivamente descarado. "Que les aproveche", pensó, sin dejar de sentirse, bajo la pátina de incomodidad, ligeramente halagada.


Necesitaba arreglarse un poco antes de visitar a su cliente y, tras pagar la cuenta, se levantó para ir al baño. Tal y como temía, llamó de nuevo la atención. Intentó no acelerar demasiado el paso mientras notaba cómo al menos una docena de ojos la seguían. Cerró la puerta del aseo con cierto alivio y, antes de acicalarse, usó el váter. Le costó bajarse los pantalones, estaban realmente pegados a su piel, pero le encantaba esa sensación. Se recreó en ella mientras se ponía de nuevo el finísimo tanga y los pantalones y con las manos alisaba las arrugas en los muslos y nalgas. La idea fugaz de que los tipos del bar pudieran observarla en ese momento la hizo sonreír con maldad. Se sentía sexy, vaya que sí. Nunca usaba maquillajes exagerados, y mucho menos en el trabajo, pero esta vez se gustó en los retoques un poco más de lo habitual.
Cuando salió del baño se sentía más segura que antes. De todos modos, se dirigió a buen paso a la salida sin desviar la mirada. Una vez en el coche, suspiró y se encaminó hacia el centro de la ciudad, donde el cliente tenía su despacho.
Tal y como temía, el tráfico era infernal. Volvió a ponerse nerviosa cuando se percató de que difícilmente iba a poder llegar a tiempo. Eso le fastidiaba sobremanera. Era la primera visita de trabajo con su cliente y no quería empezar con tan mal pie. Le conoció el día en que su jefe y ella le hicieron una visita para presentar su empresa y venderse como posible proveedor. No le causó mala impresión, aunque durante la entrevista, que monopolizó por completo el pesado de su jefe, tuvo la sensación de que la ignoraba. No obstante, tanto al saludarla como al despedirse fue muy amable. Era un cincuentón largo, con un estilo un poco campechano, pero que destilaba clase. Al hablar gesticulaba con unas manos grandes y morenas, más comunes en hombres que realmente las usan para trabajar. Era un hombre grande, no excesivamente corpulento, y de presencia y maneras arrolladoras. Les atendió con indisimulado interés y no tardó mucho en proponer, lo antes posible, una primera visita de trabajo. Ella había tenido que preparar con urgencia todo un nuevo muestrario personalizado de productos y una primera oferta sobre la que trabajar. En buena medida, la impaciente energía del cliente había sido la causa de sus últimos días de estrés. En ese momento, mientras buscaba aparcamiento como una loca por las abarrotadas calles del centro, estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad.
Al final consiguió dejar el coche en un aparcamiento subterráneo a unos quinientos metros del despacho de su cliente. Ya se había hecho la hora. Cargada con la enorme carpeta del muestrario y con su bolso, salió corriendo a la calle y, al atravesar un paso de cebra que acababa de ponerse en rojo, casi se dio de bruces con un deportivo del mismo color que iniciaba la marcha. "¡Idiota!", le espetó al conductor mientras hacía equilibrios para que no se le desparramase todo por el suelo.  Llegó como pudo al otro lado de la calle y, cuando se disponía a seguir la carrera, oyó cómo a su espalda alguien la llamaba por su nombre. Se giró y, tras la ventanilla que bajaba, vio un rostro conocido y sonriente al volante del deportivo rojo. "Me parece que los dos llegamos tarde a una cita, ¿verdad?", le dijo su cliente. Ella pensó que no estaría tan mal si en ese preciso momento  la tierra se la tragara.
Él se ofreció a llevarla y ella no tuvo más remedio que aceptar con un susurro mientras intentaba digerir el sofoco. Era un dos plazas con muy poco espacio interior, así que tuvo que ingeniárselas para meter la carpeta y luego acomodar su cuerpo a un asiento tan espectacular como rígido. Una vez se ajustó el cinturón, azuzados por las bocinas de los otros coches que esperaban detrás, el cliente metió primera y salió disparado. Después de deshacerse en torpes disculpas que el otro atajó con un par de risas, como no sabía muy bien qué decir, se concentró en la música. Sonaba, a  buen volumen, una versión del Take a walk on the wild side cantado por la voz falsamente inocente de Vanessa Paradis. Ella pensó que su cliente era un cincuentón con restos de síndrome de Peter Pan pero, sin duda, con buen gusto.


 ...Hey honey
Take a walk on the wild side
La estrechez del coche obligaba a que ella tuviera que apartar la pierna cuando su cliente cambiaba de marcha, cosa que hacía a menudo y que por esa causa -ella quiso suponer-, no apartaba la manaza del pomo del cambio. Como no quería violentarlo, sólo apartaba la pierna ligeramente, lo cual no evitaba que, de tanto en tanto, la mano rozara su ajustado pantalón. No había modo de poder relajarse, pensó ella con cierta resignación. Durante el breve camino al aparcamiento privado del edificio de sus oficinas, su cliente también se disculpó. Había salido tarde de un curso intensivo de fotografía que estaba haciendo. Ella, algo sorprendida, le confesó que la fotografía era también una de sus pasiones. Él le dijo que hasta ese momento no le había llamado especialmente la atención, pero en poco más de un mes se iba de viaje al Himalaya y tenía la intención de traerse buenos recuerdos de allí. Lo dijo sin alardes, con naturalidad y transmitiendo cierto entusiasmo, pero ella no pudo evitar que le reconcomiera la envidia.
Aunque ya lo había notado en el coche, en el ascensor ella fue consciente, por primera vez, de la intensidad del olor del hombre. Usaba una colonia cara, pero ésta no sólo no enmascaraba sino que acompañaba, con su aroma, el propio del hombre. No era desagradable. Más bien lo contrario, le gustaba su olor. Y le gustaba mucho. Se permitió disfrutar de la sensación mientras la voz de Vanessa continuaba danzando en su mente.
But she never lost her head
Even when she was giving head
...Hey babe
Take a walk on the wild side
Antes de entrar en su despacho, el cliente le indicó a su secretaria –una tipa tan atractiva como seca, “ideal para ejercer de dominátrix”, se sorprendió pensando ella- que no le pasara ninguna llamada mientras estuviera reunido. Ella se sintió complacida, un buen gesto por su parte. La cosa prometía. Ojalá todo fuera sobre ruedas y pudieran cerrar un buen trato con este cliente.
Aunque ya conocía el despacho de su cliente de la anterior ocasión, ella no pudo evitar sentirse de nuevo abrumada por el lujo, funcional y sin estridencias, y con detalles curiosos, muy personales. Aquí y allá había algún objeto (de artesanía, pequeñas estatuas, máscaras, armas antiguas y demás) que era evidente que no había sido adquirido en una tienda de decoración. Él se percató del interés de ella y le contó que eran recuerdos de su gran pasión: viajar. Todos los años hacía dos o tres largos viajes en solitario. Una de las ventajas, le contó, de estar divorciado y de tener los hijos mayores es la libertad de poder hacer lo que le viniera en gana sin rendir cuentas a nadie. “Y estar forrado de pasta, también”, pensó ella.
Se sentaron en una mesa de reuniones ovalada. Él lo hizo junto a ella, no enfrente, para que le pudiera enseñar el muestrario cómodamente. Se sentó muy cerca, de tal forma que era imposible que sus rodillas no estuvieran en contacto. La cercanía, de nuevo, hizo que una vaharada del olor del hombre la embargara. Seguía oliendo demasiado bien su cliente. Tanto, que empezaba a sentirse levemente excitada. Tuvo que reprimir la imagen fugaz que cruzó su mente de su maduro cliente poseyéndola contra la pared del despacho. Lo consiguió, pero el esfuerzo la hizo ruborizarse. Él la miró de reojo y sonrió levemente antes de volver la mirada al muestrario. “¿Empezamos?”
Ella se concentró en el trabajo. Al menos lo intentó. Sin embargo, una parte de su mente seguía revoltosa y su cuerpo empezó a funcionar de modo autónomo. Empezaba a hacer mucho calor en su ajustada entrepierna. Las manos de su cliente, grandes y venosas, estaban a pocos centímetros de las suyas, encima de los folletos del muestrario que iba desplegando. En más de una ocasión se rozaron, pero él nunca las retiraba. La imagen que había reprimido insistía una y otra vez en regresar a su mente, alimentándose con nuevas variantes y posturas.
“Da gusto trabajar con una belleza como tú”, le dijo de repente, sin elevar la voz, casi en un susurro. Ella se quedó paralizada, mirando fijamente a los papeles, sin saber qué decir ni cómo reaccionar. La manaza de él se acercó a su cara y le levantó suavemente la barbilla. Ella se encontró con sus ojos. Unos ojos que brillaban de deseo, de conocimiento y de experiencia. Y de saber que nada se le podía negar si él se empeñaba en ello. “Estás tremenda con esos pantalones y con ese escote que no ha dejado de provocarme desde que nos hemos sentado”. Ella se llevó la mano al pecho y descubrió cómo un botón más del habitual se había soltado. Una ola de calor le recorrió el cuerpo mientras sus pezones se ponían duros como una piedra.

Una mano de él bajó hasta sus muslos y empezó a acariciarlos. El ajustado tejido le enviaba, o incluso multiplicaba, el contacto. La otra mano bajó hasta su blusa y empezó a desabrocharle los botones restantes. Ella estaba paralizada, confusa, pero su cuerpo ardía de deseo. Una vez le soltó el último botón de la blusa, él se apartó para admirarla. “Impresionante. Mucho mejor de lo que imaginaba. Levántate y ponte sobre la mesa”. Por un momento, ella tuvo la oportunidad de cortar en seco y largarse. Esa orden la hubiera irritado sobremanera si no estuviera ya poseída por la lujuria. Se descubrió que no solo no la enfadaba sino que estaba deseando obedecerle en todo. Se levantó y tumbó el torso sobre la mesa. Notó el frío en los pezones, pero eso sólo consiguió ponerlos todavía más duros. Unos eternos segundos después, las manos de su cliente empezaron a sobarle el culo. Ella se retorcía ligeramente mientras él lo sobaba a conciencia. Luego le bajó el pantalón, sólo hasta las rodillas, y empezó a jugar con las finas tiras del tanga. Ella notaba las ásperas manos de él hurgando, descubriendo poco a poco sus rincones más íntimos. De repente, justo cuando ella empezaba a gemir, notó algo húmedo que presionaba su esfínter. Un grueso dedo de sus manazas empezó a trabajárselo a conciencia. Ella sólo notó un pequeño atisbo de dolor. Su culo estaba tan dispuesto como el resto de su entrepierna. Al poco, otro dedo acompañó al primero. Ella dio un respingo, pero levantó las caderas para facilitarle el trabajo. Se sentía mancillada y algo humillada, pero estaba loca de lascivia.
Sin aviso, él paró y sacó los dedos de su culo. “Quiero probar esa boquita. Prepáramela”. Ella se giró y se arrodilló en el suelo. Él no se había quitado la ropa. Se bajó la bragueta y sacó fuera una polla oscura, no demasiado larga pero bastante gruesa. Ella la cogió y de inmediato se la metió en la boca. Mientras él suspiraba profundamente, ella notaba cómo la polla seguía aumentando en dureza y tamaño. Era realmente gorda, y le costaba abarcarla bien en el interior de su boca. Se asustó ligeramente al pensar en que iba a meterle esa cosa enorme en su culo, pero por otro lado lo estaba deseando.
Él no la dejó hacer durante mucho tiempo. La levantó como si fuera una muñeca, se sentó en una silla y la obligó a sentarse de espaldas sobre él. Concretamente, sobre su polla. Ella notó cómo su esfínter, a pesar de la dilatación previa, se quejaba ante la cantidad de carne que pretendía entrar. Poco a poco se dejó caer sobre la polla, notando cómo se abrían sus entrañas, hasta que se la metió por completo y sus nalgas descansaron sobre los muslos de él. “Muévete, zorra”, le dijo con voz ronca, mientras le cogía con fuerza la cintura y le marcaba cómo debía hacerlo. Ella lo cabalgó despacio, notando cómo su gruesa polla la dilataba, la abría y la poseía sin tregua. “Puedes tocarte el coño mientras”, le espetó él, más como una orden que como una sugerencia. Ella obedeció, por supuesto, pues lo estaba deseando. Se sentía muy puta, completamente poseída por la lujuria. No tardó mucho en notar cómo se acercaba el orgasmo, sobre todo cuando notó las embestidas más ansiosas de él y sus jadeos, casi gruñidos, aumentaban de frecuencia, hasta que descargó en su interior, llenándola de un semen abundante y caliente. Con la polla todavía en su interior, ella siguió moviéndose y tocándose, gimiendo cada vez más alto, hasta que un temblor enorme atravesó su cuerpo y se corrió con una intensidad brutal.
El trato, sin duda, estaba cerrado.


1 comentario:

  1. El relato muy bueno (entiéndase por bueno cachondo) y la página muy currada, que no decaiga la calentura.

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