Tu jefe seguía sentado, observándote, expectante. El vibrador seguía haciendo de las suyas en el interior de tu vagina. Te sentías muy cachonda. Notabas los pezones muy sensibles y endurecidos bajo el sostén. Te faltaba el aliento y sentías un ligero mareo. Escribiste: "Eres un cabrón. De acuerdo, tú lo has querido.", y te levantaste de la silla. Sin mirar a tu jefe, fuiste hasta la mesa de reuniones que se encontraba frente a él, te apoyaste en ella con una mano mientras con la otra levantabas la falda para que tuviera una buena visión de tu culo. Arqueaste la espalda para ofrecérselo, generosa e impaciente. La vibración insistente del huevo te hacía retorcerte ligeramente de gusto. Sabías que ese movimiento todavía lo iba a incitar más. Pero él tardaba, le oías mover cosas en su mesa. Supusiste que estaba enfilando la webcam en el ángulo adecuado y pensar en que tu novio ya te podía ver en esa postura, ofreciéndote sumisa a otro hombre, te hizo sentirte muy lasciva, muy puta.
Cuando estabas a punto de preguntarle a qué estaba esperando, notaste un leve roce entre las nalgas. La tirilla del tanga se tensó sobre tu abultado coño y se introdujo entre los labios. Soltaste un gemido y arqueaste aún más la espalda, para que no tuviera ningún problema en manipular tu entrepierna a su antojo. Así lo hizo. Mientras seguía dando pequeños tirones a la tirilla del tanga, algo húmedo y caliente empezó a recorrer la piel de tus nalgas Le oías respirar, bronco, acelerado, y sabías que se estaba conteniendo, que estaba sufriendo tanto como tú por no meterte más caña. Te sorprendió un poco, pues conocías de sobra cuánto había deseado que le dieras de nuevo una oportunidad como ésta. Siguió dando lametones, acercándose poco a poco a tu coño. Tú suspirabas de impaciencia y echabas el culo hacia atrás, buscando su boca, pero él seguía sin prisas. Soltó la tirilla del tanga y cogió el cordón del huevo, que seguía agitándose dentro de tu coño. Empezó a tirar de él, hacia la entrada de la vagina, como si estuviera a punto de sacarlo, y luego se detenía, dejando que tu coño lo absorbiera de nuevo. Ese juego te volvía loca. Te abrasaban las ganas de que se empleara a fondo y le diera a tu dilatado coño lo que estaba necesitando con urgencia. Recordaste que en la caja había un consolador enorme. Ojalá no olvidara utilizarlo, pensaste. Por si acaso, ya se lo recordarías tú.
Tu jefe se levantó y, con cierta brusquedad, te dio la vuelta. Su mirada tenía algo animal, primitivo. Eras consciente de que en ese momento te deseaba más que a nada en el mundo y de que ya no te quedaban más opciones que dárselo todo. "Vas a tener que hacer algo con esto", te dijo en un susurro ronco. Su bragueta estaba a punto de reventar. Le pasaste una mano por encima y al notar su palpitante dureza empezaste a salivar. Te arrodillaste delante de él y, mientras le mirabas a los ojos, deslizaste la cremallera hacia abajo. Te costó un poco más separar la tela del calzoncillo y sacar la polla de tu jefe de su prisión, pero en cuanto lo lograste él suspiró de alivio. Tus dedos recorrieron con suavidad toda la extensión de la polla, recreándose en el húmedo glande. Con los labios impediste que una gota de líquido preseminal cayera al suelo. El roce le hizo estremecerse. Le hiciste sufrir un poco más haciéndole pequeñas caricias con los labios, pero él te sujetó la cabeza por la nuca y la empujó hacia su polla. Empezaste a chupársela, pero seguías sin tener ninguna prisa. De vez en cuando mirabas hacia la webcam del portátil: imaginar a tu novio al otro lado observándote mientras mamabas otra polla todavía te ponía mucho más cerda. A tu jefe le regalaste una mamada profunda y lenta, recreándote de vez en cuando en lamerla desde la base a la punta y tragándotela todo lo que tu boca podía dar de sí, que era mucho. No tardaste mucho en notar cómo las manos de tu jefe se tensaban sobre tu nuca, aferrándote del pelo, al tiempo que su polla parecía crecer todavía un poco más. Sabías que si seguías así en poco tiempo te llenaría la boca de semen. Te encantó la idea, sobre todo al pensar en cómo ibas a acercarte luego a la cámara para darle una prueba a tu novio de lo que acababas de hacer. Sin embargo, tenías otros planes. Tu coño tenía hambre y el huevo no era suficiente para calmarla. Te apartaste de la polla de tu jefe, quien te miró con cierta frustración, y te levantaste.
Encaraste una silla a la webcam y te sentaste allí abriendo al máximo las piernas y apoyando una de ellas en la mesa. "Quiero probar ese dildo", le dijiste a tu jefe haciendo un gesto hacia la caja. Él miró su erecta polla, húmeda de tus babas, y dudó durante un par de segundos antes de acercarse a la caja y coger el consolador. De un tirón rompió el embalaje y sacó el enorme dildo de más de 20 cm. de longitud y de un grosor considerable. Era de color negro; el glande de un rosa oscuro y algo más grueso te resultó especialmente apetitoso. Esta vez fue tu jefe quien se arrodilló frente a ti. Tu coño estaba chorreando jugos y lo notabas completamente dilatado. El huevo, todavía vibrando, lo sacó de un tirón con pasmosa facilidad. Antes de meterte el dildo, tu jefe dio un lametazo a lo largo de todo tu coño, haciendo especial presión al final, al contacto con el clítoris. Te estremeciste de arriba abajo y gemiste pidiendo más. Sin embargo, sonriendo con malicia, tu jefe hizo un gesto con la cabeza negándote el placer que tanto ansiabas. El muy cabrón se estaba cobrando el parón de antes.
Te metió el consolador muy despacio. Notabas cómo cada milímetro se iba abriendo paso en tu interior. Tu coño lo acogía con avidez y sin apenas resistencia. Volviste a temblar de gusto cuando, al tiempo que iba profundizando cada vez más, hacía un ligero movimiento de bombeo. La expresión de tu jefe fue de asombro cuando al fin el dildo hizo tope en el interior de tu vagina. Comentó entre dientes la alucinante capacidad de tu coño cuando estabas así de lubricada y cachonda. Era algo que todavía recordaba pero que no dejaba de sorprenderle. Empezaste a mover la pelvis, pidiéndole sin palabras que te metiera más caña. Él se aplicó a conciencia. Empezó a bombearte, lentamente pero siempre buscando los límites de tu vagina. Tú gemías con cada embestida mientras los músculos de tu coño parecían querer aferrar el consolador. Era mucho mejor de lo que te habías imaginado. Tu jefe se fue animando y, mientras hurgaba con un dedo en tu esfínter, empapado de los flujos que le llegaban del coño, empezó a chuparte el clítoris. El placer en su forma más absoluta asaltó tu cuerpo. Te dejaste poseer por él: tu mente y tu cuerpo se entrelazaron en una única dirección, la del gozo sin límites. Fue mucho más rápido de lo que esperabas. Toda la mañana de calenturas había predispuesto a tu cuerpo para ese momento. El orgasmo te llegó como una marea gigantesca que inundó tu cuerpo y te hizo temblar y gritar salvajemente durante unos segundos eternos.
Te quedaste deslavazada y rota encima de la silla. Sin embargo, tu jefe no estaba dispuesto a darte tregua. Notaste cómo sacaba el dildo de tu interior y su caliente polla lo sustituía. Su erección no había menguado lo más mínimo. "Uf, cómo estás ahí dentro", comentó, mientras empezaba a follarte a empellones, te liberaba las tetas y te comía los pezones. Los mordió sin contemplaciones. Estaba usando tu cuerpo para liberar todo su ardor acumulado y eso te encendió de nuevo. Tu coño seguía hambriento. Sin embargo, le obligaste a parar. Tuviste que hacer un esfuerzo, pues él se negaba a colaborar. "Así no nos ve", le dijiste. Él no pareció comprender al principio, pero luego asintió y se apartó. Te levantaste e hiciste que se sentara en la silla. De espaldas a él y justo enfrente de la webcam, pasaste una pierna a cada lado de las suyas y le pediste que te dilatara el culo mientras se lo acercabas a la boca. Él obedeció de inmediato y empezó a trabajártelo a fondo con la lengua y con los dedos. Casi no fue necesario, pues tu culo parecía estar tan dispuesto como tu coño para ser mancillado.
Mirando hacia la webcam con la cara más zorra que eras capaz de poner, con una mano le sujetaste la polla mientras hacías descender el culo sobre ella. Fue muy fácil. No notaste ningún atisbo de dolor mientras te abría las entrañas. Te la metiste hasta el fondo. Tu jefe empezó a jadear de placer y de ansia cuando empezaste a moverte. Tú también gemías. Te encantaba sentirte así, bien follada, pero aún querías más. El consolador negro se había quedado sobre la mesa, completamente empapado de tus flujos. Sin pensártelo dos veces, lo cogiste y te metiste su sonrosada punta en el coño. Tu jefe notó el aumento de la presión y te aferró de las caderas para incrementar el ritmo de tus movimientos. Probaste a meter algo más y te deleitó comprobar que tu vagina lo absorbía sin problemas. Sentías tu interior colmado, sometido a un severo tratamiento. Cerraste los ojos y deseaste que fuera la polla de tu novio la que completara la escena: chupándola hasta que se corriera en tu boca o dejando que sustituyera al dildo. Tu jefe te agarró con más fuerza mientras te mordía la espalda y bombeaba más rápido y con más dureza. Tú le acompañaste yendo lo más lejos posible con el consolador, llegando a un punto en que el placer bestial empezó a confundirse con el dolor, hasta que tu jefe reventó. Jadeó y gritó mientras tus castigadas entrañas se llenaban de su abundante semen.
Durante un momento, ninguno de los dos os movisteis. Al cabo te sacaste el consolador y te levantaste poco a poco hasta liberar la polla de tu jefe. Notabas tu culo y tu coño ardiendo, palpitantes. Te sentías un poco mareada. Estabas cubierta de sudor, tuyo y de tu jefe, y de tu entrepierna goteaban otros fluidos también compartidos. Te acercaste tambaleante al portátil y, antes de desconectar la webcam, le susurraste una frase corta, casi inaudible, pero supiste perfectamente que tu novio la entendería.
FIN


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