sábado, 11 de septiembre de 2010

Atrévete

Te imaginaba, cómo no, en el Atrévete. El pub de intercambio de parejas por cuya fachada de puerta de acero y sin ventanas paso todos los días al volver del trabajo. Desde el coche siempre giro la vista hacia la discreta entrada y, tal vez porque todavía es demasiado temprano, nunca he podido ver a ningún cliente o trabajador franquear la puerta. La ignorancia, si cabe, enciende más mis fantasías. Fantasías febriles, en las que me resulta imposible dejarte de lado.

Debajo de tu impecable traje chaqueta, te habías puesto esas medias negras hasta medio muslo que tan loco me ponen. Entrabas sola y de inmediato se te acercaba una tipa de las veteranas del local, una cuarentona larga vestida con botas negras ajustadas de caña alta, con muchas hebillas y tacón de vértigo. Su camisola de tul negro semitransparente no podía disimular la desnudez de unos grandes pechos de pezones insolentes. Completaba su atuendo un minúsculo tanga de cuero.



La mujer se movía con seguridad y atraía las miradas suplicantes de los grupos de hombres dispersos por ahí. En gran medida era la que decidía quién o no podía cumplir allí sus deseos y cada gesto suyo reafirmaba ese poder. Su sonrisa enorme te recibió, al tiempo que te cogía la mano para darte la bienvenida con voz tranquilizadora. Allí mandabais vosotras, te dijo. Y sólo se haría lo que tú quisieras. Estaba encantadísima de hacer de anfitriona a un pequeño encanto como tú, te dijo mientras te recorría con los ojos de arriba abajo.

Sus ojos se abrieron mucho cuando le comentaste mis órdenes. Necesitabas que cuatro, o mejor, cinco tíos te follaran sin contemplaciones y deberían acabar por correrse en el interior de tu culo. Todavía sentías mucho reparo, cierto miedo y mucha vergüenza. Al fin y al cabo, era tu primera vez allí y la primera vez que otro que no fuera yo mismo, probara las maravillosas estrecheces de tu culito.

Ella te dijo que no te preocuparas. Con la boca húmeda y los ojos brillantes te preguntó si no te importaría que ella también participara, así se ocuparía personalmente de que todo fuera según tus deseos. Tú asentiste. La tipa no estaba nada mal y su presencia te hacía sentir cierta seguridad.

Entre las dos elegisteis cinco tipos de aquí y de allá, los que más morbo te daban. Le dijiste al oído a la jefa que esperasen un poco antes de entrar al cuarto oscuro, y así tú te ponías cómoda.

En la semioscuridad del cuarto te quitaste la ropa, quedándote sólo con el top y las medias. Ella se quedó boquiabierta y se deshizo en elogios mientras te echaba la mano encima y te acariciaba la frontera en la que tus medias y la piel desnuda de tus muslos se encontraban.

Se acercó más a ti y empezó a besarte los hombros y el cuello mientras te pellizcaba las carnes y susurraba obscenidades. Te tumbó boca arriba en los colchones, con tu espalda medio recostada contra la pared, y te recorrió el cuerpo a lametazos mientras te abría bien las piernas. Suavemente, sus dedos y su lengua se concentraron en tu coño. Se admiró ante lo dilatado que estaba y la cantidad de flujo que rezumaba. Siguió lamiendo los labios de tu coño y luego el clítoris hasta que tú empezaste a temblar. En ese momento se detuvo. “Todavía no”.



Hizo pasar a cinco sombras y les dijo que sólo podían mirar hasta que ella dijera lo contrario. Se volvió a arrodillar entre tus piernas y continuó chupándote, aunque esta vez se concentró más en tu ano. Su lengua y sus dedos, calientes y húmedos, empezaron a abrirse paso en tu culo cuando, a una señal suya, dos de los tipos acercaron sus pollas a tu boca. Todavía no estaban bastante erectas, pero cuatro lametazos tuyos las pusieron duras como piedras. Pensaste en mí y te concentraste en hacer unas buenas mamadas, con esa mezcla de dulzura y profundidad de la que sé que eres capaz. Los tipos jadeaban de puro gusto.

Los dedos expertos de la tipa seguían mancillando tu culo. Cada vez notabas más presión y te preguntaste cuántos te estaría metiendo. Ella pareció escuchar tus pensamientos y te enseñó dos chorreantes dedos. Eran dedos largos, con las uñas pintadas de rojo muy oscuro, y no tardaron nada en seguir dilatándote el ano. Ella se apartó un poco, sin dejar de meterte los dedos en el culo, para dejar paso a dos tíos más. Uno se abalanzó sobre tus aprisionadas tetas y con dos zarpazos las medió liberó para chupar ávidamente tus pezones. El otro se las apañó para meter la cabeza y comenzó a comerte el coño a lo bestia. Tú estabas preparada para eso y mucho más. Entre mamada y mamada tus gemidos parecían acentuar el hambre de los cinco cuerpos que abusaban del tuyo.


Ella volvió a sacar la mano y se chupó los dedos que te habían estado trabajando el culo. Te miró expectante y tú asentiste ligeramente con la cabeza. Ella sonrió maliciosa y empezó a meterte otro dedo más. Diste un respingo al notar cómo tu interior era exigido al máximo. La presión era casi dolorosa, pero te dejaste llevar al pensar en todo lo que, poco a poco, te había enseñado para descubrirte ese nuevo mundo de placeres.

La lujuria y el morbo más oscuro se mezclaron hasta hacerse indistinguibles. El tipo que te comía el coño empezó a incrementar el ritmo y notaste cómo el orgasmo empezaba a anunciar su llegada. La anfitriona, quizás notando cómo tu cuerpo empezaba a temblar, incrementó la presión hasta que acabó metiendo los dedos por completo. Hasta los nudillos. Te miró con cara de orgullo, triunfal. En ese momento te diste cuenta de que el quinto tipo se la estaba follando a cuatro patas. Todos estabais recibiendo y dando placer.



Mientras ella empezaba a meter y sacar los dedos con cada vez más libertad, no pudiste retenerlo más y te corriste a lo bestia. Los músculos de tu entrepierna apretaban con fuerza los dedos de la tipa. El orgasmo fue terrible. Fuerte, muy duro, como ningún otro que hubieras experimentado jamás.

Ella sacó la mano y apartó a los tipos. No te dejó saborear tu placer. Te dio la vuelta y te puso a cuatro patas, con el tronco apoyado en los colchones y el culo en pompa.

Casi hubo una pelea por ver quién te penetraba primero, pero ella de inmediato puso un orden estricto. Ella se tumbó boca arriba y metió la cabeza entre tus piernas. Sin dejarle tiempo a recuperarse, comenzó a chupar de nuevo tu coño y a meterle los dedos. A una señal suya, los tipos, uno tras otro, fueron pasando por tu culo y lo follaron hasta el final, llenándote de semen las entrañas. El semen que chorreaba de tu culo le goteaba en la cara, pero ella no dejó de ocuparse de ti hasta que volviste a reventar de placer.

Te quedaste allí un rato más, a solas con la tipa, que te acariciaba suavemente el cuerpo mientras te decía lo increíble que habías estado. Tú te dejabas mimar. Sólo te preocupaba que tu culo conservara dentro todo el semen posible para dentro de un rato, cuando llegara mi turno.

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