jueves, 16 de septiembre de 2010

Comida de trabajo (II)


El pub estaba prácticamente vacío. Sólo tres ruidosos tipos, que jugaban a los dardos en un rincón mientras vaciaban sendos cubatas, formaban toda la clientela. Tras la barra, una chica eslava de mirada aburrida tardó un buen par de minutos antes de preguntarles, con un gesto silencioso, qué iban a tomar. Como a ella no le apetecía un carajillo, pidieron cafés solos, descafeinado de máquina para ella. Ella ni siquiera esperó a que los sirvieran para consultar la hora en el móvil. Los augurios no se presentaban favorables, pensó Joaquín mientras notaba cómo la euforia se iba deshinchando tan rápido como había llegado, especialmente cuando tomó el primer sorbo del café. Sabía a quemado y tenía posos flotando. Se lo comentó a ella, buscando un poquito de solidaridad, pero ella le replicó que el suyo estaba muy bueno. 

El café era ruin, pero actuó de inmediato sobre la vejiga repleta de cerveza de Joaquín y tuvo que salir disparado al baño a vaciarla. “No te aburras”, le dijo a modo de despedida, a lo que ella respondió echando de nuevo un vistazo a la pantalla del móvil. La meada fue larga y abundante, pero aun así él se conocía lo bastante como para saber que no tardaría mucho en tener que regresar al baño. Es lo que provocaba en su cuerpo la combinación de cebada fermentada, cafeína y muchos nervios.



Al salir del baño a Joaquín le cayó el alma a los pies. En la barra, ella conversaba animadamente, todo sonrisas, con uno de los tipos que había visto jugando a los dardos. Era un tipo más joven que Joaquín y bastante más alto, por lo menos le sacaba una cabeza. Estaba recostado en la barra, inclinado sobre la chavala y con un cubata en la mano: la típica postura de depredador que el propio Joaquín había empleado tantas veces. Pero lo más sangrante para Joaquín fue que ella, al fin –después de esperarlo en vano durante toda la comida-, se había decidido a quitarse la rebequita que disimulaba a duras penas su escote. Debajo de la rebeca se reveló un top ajustado de tirantes que acentuaba las formas redondas y voluminosas de sus pechos. Además, se fijó Joaquín mientras se le formaba otro nudo en la garganta, tenía los pezones erizados, destacando a través de la fina tela.

Joaquín se aproximó a la barra intentando aparentar dignidad y buen rollito. Algo muy gracioso debía estar contándole el tipo a ella, pues cuando llegó a su altura ninguno de los dos le prestó atención. Cuando el tipo acabó de hablar, ambos estallaron en carcajadas mientras Joaquín esbozaba una sonrisa de circunstancias. “Hola”, dijo un rato después, cuando las risas empezaron a decaer. Sólo entonces ella pareció percatarse de la presencia de Joaquín y, tras secarse los lagrimones, los presentó. Se trataba de un antiguo cliente con el que estuvo trabajando antes de incorporarse a la empresa de Joaquín. “El mejor de los clientes que he tenido.”, subrayó ella. “Y tú, la comercial más guapa y encantadora que conoceré nunca”, le correspondió el tipo. “Exagerado”, protestó la chavala haciendo un mohín mientras el otro alzaba la copa brindando por ella. Joaquín miraba hacia los lados, el suelo y el techo, buscando un lugar donde refugiarse, y se topó con la mirada lánguida de la camarera. No, en esos ojos fríos tampoco iba a encontrar cobijo.



Mientras ellos seguían la conversación y Joaquín hacía como que participaba asintiendo con la cabeza, la mala leche empezó a apoderarse de su interior. “Yo no soy el puto pagafantas de nadie. A tomar por saco.”, se dijo, mientras apuraba de un trago los restos de su inmundo café y se disponía a excusarse de cualquier forma antes de largarse. Sin embargo, justo en ese momento, los compañeros del tipo aparecieron y, mientras se recreaban con descaro en las tetas de ella, cogieron al tipo y se lo llevaron en volandas, pues había unas rusas esperando no se sabía muy bien dónde.

Joaquín se sintió liberado, como si le hubieran quitado una losa de encima. El cabreo que sentía se desvaneció por completo. Ella hizo un comentario sarcástico sobre las previsibles debilidades de los hombres y él le correspondió con otra chanza sobre tópicos femeninos. Se enzarzaron en una pequeña escaramuza de la interminable guerra de sexos que acabó con los dos riéndose de las ocurrentes puyas que le dedicaba el otro. Joaquín, al fin relajado,  esbozaba  una sonrisa bobalicona de satisfacción que se borró de inmediato cuando vio que ella, una vez más, sacaba el móvil del bolso y consultaba la hora. “Se me está haciendo tarde”, dijo con un tono de resignación que a él le sonó fingido.

Ella le miró a la cara mientras guardaba el móvil en el bolso, frunció el ceño y luego alargó una mano para limpiarle con el pulgar algo que descubrió en la comisura de sus labios. Joaquín se quedó inmóvil mientras ella frotaba con cuidado. “Se te han quedado pegados unos posos de café. Parece que se han secado”. Ella se llevó el dedo a la boca y lo chupó antes de volver a intentarlo. Joaquín notó la saliva de ella y su dedo rozándole los labios y la rigidez de su cuerpo empezó a concentrarse en su entrepierna.


“Ya está”, dijo ella con gesto triunfal cuando terminó. “Voy al baño. Ve pidiendo la cuenta, por favor”. Joaquín seguía sin poder decir una palabra. Todavía notaba en su boca el contacto húmedo de ella y se sentía confuso, desconcertado. De nuevo, el germen de la rabia empezó a abrirse paso en su interior y pidió la cuenta con cierta brusquedad. La camarera le miró con desdén durante unos largos segundos antes de mover el culo hacia la caja. Joaquín empezó a pensar cosas terribles sobre el sexo femenino cuando, de pronto, su móvil sonó avisando de la entrada de un sms. 

Era de ella. “Viens ya o k?”. Joaquín se quedó de piedra. Por un momento creyó que se estaba burlando de él, pero luego pensó que tal vez no, que no podía ser tan retorcida. Se quedó durante un momento luchando contra el dilema hasta que decidió que no había otra manera de saberlo que entrar allí y comprobarlo. Dejó un billete en la barra, mandó a paseo los retazos de dignidad que le quedaban, tragó saliva y se encaminó al aseo de las mujeres. Hecho un manojo de nervios, cuando llegó a la puerta dudó si llamar o no. Al final hizo un par de leves toques con los nudillos y, como toda respuesta, oyó el sonido del cerrojo al deslizarse. Sin saber si había abierto o cerrado, Joaquín se armó de valor y agarró con fuerza la manija.

Al otro lado de la puerta, ella le esperaba de frente, recostada contra el lavabo. Joaquín sintió la cabeza dar vueltas y cómo su cuerpo subía varios grados de temperatura de golpe. Ella se le presentaba en toda su gloria, mucho mejor de lo que él había imaginado. Sus tetas estaban desnudas, a la vista, libres por encima del escote del top. Eran realmente grandes, turgentes y estaban tan bronceadas como el resto de su torso. Los pezones enhiestos coronaban unas aureolas de redondez perfecta y color más oscuro. Ella se estaba acariciando, recorriendo con las manos la curva inferior de sus pechos.  “¿Te gustan?”, dijo en un susurro que escondía un millón de promesas. Joaquín logró mascullar una afirmación ronca, casi un gruñido. “Pues acércate, tonto, son tuyas”.


FIN

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