jueves, 9 de septiembre de 2010
El duro regreso de vacaciones (I)
Era lunes, todavía agosto, y tus vacaciones de verano habían llegado a su fin. El panorama era bastante desalentador y sólo te animaba la posibilidad de que al acabar la jornada vieras, por fin, a tu novio. Te lo había propuesto el día anterior, en una de sus llamadas febriles: "Haré lo que sea por escaparme después de comer. Necesito darte tu merecido. Ponte falda. No lo olvides." Esta vez le hiciste caso y te la pusiste, a pesar de que la mayor parte de tu ropa esperaba turno en el cesto de la lavadora después de una larga semana de viaje. Por ello tuviste que recurrir a una vieja minifalda de corte escocés y protagonista de alguna experiencia memorable. No te convencía, pero sabías que a tu novio le iba a gustar. Le provocaba mucho morbo recordar aquella ocasión y te encantaba verlo así de excitado. Pensar en ello te hizo sonreír y notaste un agradable estremecimiento en la entrepierna. No sería más que el primero del día, de eso estabas segura.
En ese momento tu jefe se acercó a tu mesa a dejar unos papeles y te observó con atención. Pasaron unos segundos antes de que abriera la boca y te incomodó la pausa, pues reconociste una chispa en su mirada: un destello que en el pasado significó hambre y necesidad infinita de saciarla contigo. "Te han sentado muy bien las vacaciones, la verdad", dijo mientras miraba sin disimulo la piel morena de tu escote y te recorría el cuerpo hasta esos muslos que exhibías tan generosamente. Frunciste los morros y le respondiste con un comentario cortante, pero él no se dejó arredrar y te dedicó una última mirada, sonriendo a medias, antes de regresar a su mesa.
Te irritaba su actitud de suficiencia pero notaste que, en el fondo, te sentías halagada. Sabías que tu novio también te encontraría atractiva y deseable y eso te removió de nuevo las entrañas. Además, a él le gustaba fantasear con que un tercero se lo montaba con vosotros o a solas contigo, con él como espectador de lujo. Y en no pocas ocasiones el protagonista de esas fantasías era tu propio jefe. Decidiste escribirle un correo: "Buenos días, niño. He sido obediente y me he puesto minifalda. A mi jefe le ha gustado mucho." Sabías que estabas empezando a echar gasolina al fuego, pero a ambos os encantaba jugar en la distancia. Los encuentros, más tarde, se hacían mucho más placenteros y salvajes. Esperaste su respuesta mientras empezabas a trabajar a medio gas, con la atención dispersa por otros lugares.
Sin embargo, la respuesta no llegaba. Un par de horas más tarde, impaciente, le enviaste un sms para avisarle del correo. Te había cortado un poco el rollo su ausencia y, además, habías cazado más miradas ardientes de tu jefe. Parecía que el reencuentro tras las vacaciones y el hecho de que estuvierais solos en la enorme oficina, que compartíais con otras tres personas que se encontraban disfrutando de las suyas, le estaba animando a recordar viejos tiempos. No te preocupaba, porque sabías perfectamente cómo lidiar con él. Estuviste a punto de soltarle otra puya envenenada para bajarle los humos cuando viste en tu pantalla que entraba un correo. Era de tu novio. "Lo siento babe, he estado muy liado fuera de la oficina, acabo de sentarme. Seguro que estás tremenda con tu falda, no me extraña lo de tu jefe. ¿Estáis solos? Casi prefiero que me digas que sí 8)". "Sí, lo estamos. Y no deja de mirarme y hacer comentarios picantes. Estaba a punto de mandarlo a la mierda". "Déjalo, mujer, también tiene derecho a disfrutar". Empezasteis a intercambiar correos, cada vez más subidos de tono y en los que tu novio se calentó recordando la antigua fantasía. Tú la alimentabas sin pudor alguno mientras él te decía que estaba sufriendo una incipiente erección. Sentiste cómo mojabas las bragas al imaginar el creciente bulto de su entrepierna. Empezaba a hacer mucho calor en la oficina cuando llamaron a la puerta.
Era un mensajero. Sin darte tiempo a reaccionar, tu jefe se levantó para atenderlo pero no te importó lo más mínimo. Le echaste una mirada apreciativa al mensajero. No es que fuera muy atractivo, pero sus desnudos brazos, delgados pero fuertes, lucían unas abultadas venas que te recordaban a las de tu novio. Te puso cachonda pensar en añadirlo a la fantasía y así se lo contaste a tu novio. No podía estar más receptivo. Se le empezó a ir la olla y a decirte que los incitaras a ambos, que te metieras con poco disimulo una mano debajo de la falda mientras los mirabas con descaro. Tu mano no se movió donde él deseaba, pero le seguiste el rollo. Le dijiste que lo estabas haciendo pero que de momento no parecían percatarse. Él confesó que se debatía entre los celos y el deseo, que iba a echar la llave en su despacho y que no podía más. O se hacía una paja o reventaba. Te chorreaba la entrepierna y notabas cómo tus mejillas te quemaban. "Si tú te la haces, me voy al baño y yo también me pajeo. O, si quieres, les dejo que me follen". "¿Te apetece que lo hagan, niña? Dime la verdad". Tuviste que reconocer que sí, estabas demasiado caliente y te cegaba el deseo. "Sí. Me apetece mucho que me follen como a una zorra". Alzaste la mirada de la pantalla, la cara ardiendo, los labios semiabiertos y el aliento entrecortado para ver cómo tu jefe despedía al mensajero. Te decepcionó y te alivió casi a partes iguales. "Lástima, se ha ido el mensajero. Pero queda mi jefe." Te quedaste mirando la pantalla, esperando, pero no hubo respuesta y te fastidió mucho que, justo en ese momento, él desapareciera.
Mientras, tu jefe había abierto la caja en su mesa y trasteaba con el contenido. De repente soltó una risa malvada y dijo: "Creo que esto es para ti. Podrías haber sido más discreta, la verdad." Te llevó la caja a tu mesa y se quedó un momento mirando cómo reaccionabas al ver el contenido. Tenía toda la pinta de un pedido a una sex-shop. Había una caja con un body de red; la foto de la modelo delataba unas aperturas estratégicas en pechos y entrepierna y cómo se sujetaba en el cuello con un collar de látex. También había un envase transparente con un consolador de gelatina enorme y una caja con una especie de bola china grande con forma de huevo. Te quedaste boquiabierta. Tú no habías hecho ese pedido, pero a tu jefe le resbalaron tus protestas y te dejó a solas con la caja sin dejar de comentar lo bien que debía sentarte ese body. Le enviaste a la mierda, ahora sí, mientras intentabas recuperarte del asombro. Había sido cosa de tu novio, estabas segura. Le escribiste para preguntarle y, al poco, él te contestó que sí, que era una sorpresa y que esperaba estrenarla contigo hoy mismo. Le regañaste por poner el paquete a nombre de la empresa y no al tuyo, pero él te dijo que así lo había hecho y que no entendía el error. Guardaste la caja bajo la mesa, fuera de la vista de tu jefe, que cada vez miraba con más desvergüenza en tu dirección, e intentaste recuperar la compostura.
Poco a poco, achuchada por los correos de tu novio, al que no parecía haberle afectado negativamente la anécdota, tu líbido volvió a despertarse con fuerza. La tarde prometía. Te encantaban los juguetes sexuales y te sentías más que predispuesta para ponerte el body y para que los artilugios comprobaran cómo podía llegar a dilatarse tu interior. Estabas muy impaciente por que llegara el momento de salir y encontrarte con tu novio. Él también lo estaba, tanto, que no parecía dispuesto a esperar. "Quiero que pruebes el huevo. Ahora. Ve al baño, métetelo y déjalo dentro hasta que nos veamos." Dudaste, pues no te apetecía que tu jefe sospechara, pero al final te dejaste vencer por la insistencia de tu novio y pensaste: "Si se da cuenta, que se joda y que sufra. Lo tiene merecido, después de la mañanita que me ha hecho pasar". Sin embargo, sabías que no eras del todo sincera contigo misma. En realidad te ponía aún más cachonda la idea de que tu jefe pudiera llegar a enterarse.
Aprovechando que tu jefe estaba inmerso en una conversación por teléfono, metiste la mano en la caja, hurgaste en el interior y cogiste el huevo con disimulo. Lo metiste en el bolso y, sin dedicarle una mínima mirada a tu jefe, saliste al pasillo para ir al baño. Una vez dentro, echaste el pestillo y sacaste el huevo del bolso. Te sentías nerviosa y muy excitada. Conocías las bolas chinas y las habías utilizado en muchas ocasiones, incluso las habías llevado en tu interior por la calle, de camino a algún encuentro con tu novio, pero nunca habías probado un huevo de ese tamaño. Lo miraste con curiosidad y con anhelo. Era de textura muy suave y realmente grande, la parte más fina era incluso más gruesa que una bola china. La parte más ancha, de la que colgaba un hilo doble, estaba separada de la otra por una fina hendidura. El considerable peso del huevo te dio la otra pista. "¿Y si es un vibrador?". Probaste a desenroscar y, efectivamente, allí estaba el compartimento con un par de pilas listas para hacer vibrar el huevo. No acababas de entender por qué no había cable ni mando que lo hiciera funcionar, hasta que caíste en la cuenta de que se trataba de un vibrador con mando inalámbrico. Pensaste que con las prisas y los nervios habías olvidado el mando en la caja. Bueno, ya llegaría el momento de hacerlo vibrar, ahora lo que te apetecía de veras era metértelo. Con la minifalda puesta resultó muy fácil apartar con los dedos la tirilla del tanga, que estaba empapada de humedad, y comprobar el estado de tu coño. Estaba tal y como esperabas: dilatado, chorreando flujo y muy hambriento. Te metiste un poco el dedo en el interior y se te escapó un pequeño gemido. En ese momento te acordaste de los brazos del mensajero, de las miradas lascivas de tu jefe, de tu novio y de lo que era capaz de hacer con su lengua en ese coño tan necesitado. Probaste a meter otro dedo, que se deslizó con mucha facilidad y reprimiste otro gemido. Era el momento. Sacaste los chorreantes dedos y chupaste el flujo. Te encantaba tu propio sabor a sexo. Cogiste el huevo y lo llevaste bajo la falda. La punta del extremo más fino empezó a abrirse paso como si ese fuera su lugar natural. Notabas cómo te ibas abriendo poco a poco mientras empujabas, sin ninguna prisa, el huevo en tu interior. El huevo, conforme iba entrando, iba exigiendo más dilatación. Tu coño no tenía ningún problema en proporcionársela. Esa y la que hiciera falta. Te sentías muy cachonda, te morías de ganas de acariciarte el clítoris mientras lo seguías metiendo, pero tu novio había sido muy claro al respecto: nada de pajas hasta que os vierais. Seguiste empujando el huevo, disfrutando como una cerda de cada milímetro que obligaba a tu coño a ensancharse, hasta que entró por completo en tu vagina. Suspiraste profundamente mientras apretabas los muslos y tu coño presionaba el huevo con fuerza. Qué gustazo. Te sentías muy zorra y muy impaciente por que llegara el momento de que tu novio te follara bien follada. Lo necesitabas como nada en el mundo. Te lavaste la cara, hiciste lo que pudiste por recuperar un aspecto casi normal y regresaste a la oficina.
Por el rabillo del ojo percibiste cómo tu jefe estaba tan enfrascado en la pantalla de su ordenador que ni siquiera levantó la mirada. Mucho mejor. Caminando un poco más rápido que lo que hubieras querido, llegaste a tu mesa y te sentaste. Al hacerlo, notaste cómo el huevo se acomodaba en tu interior y cerraste los ojos durante un segundo para recrearte en las sensaciones que te provocaba. Te sentías tan húmeda que estabas segura de que tus flujos estaban empapando la falda y que no tardarían en hacerlo con la silla. A estas alturas ya empezaba a darte igual; más bien te gustaba la idea. Te recreaste en el morbazo que te proporcionaba la clandestinidad de la situación. Abriste el correo y le contaste a tu novio con todo lujo de detalles cómo había sido tu viaje al aseo y cómo te sentías en ese momento. Tu novio ardía de impaciencia, pero tu relato le compensó con creces. Volvisteis a hablar sobre su fantasía favorita. Esta vez ambos estabais tan calientes que cualquier posibilidad se antojaba factible. "¿Cómo crees que reaccionaría tu jefe si te levantas, te apoyas en la mesa y le pones el culo en pompa para que vea cómo cuelga el cordón del huevo a través de la tirilla del tanga?". Contestaste sin dudar: "Si me viera hacer eso, no tardaría ni medio segundo en acercarse a comerme el coño".
"Joder, niña, me estás poniendo muy burro. Espero que no venga nadie que me obligue a levantarme, pues no hay modo de disimular esta erección. ¿Y tu jefe? ¿Se ha dado cuenta de algo?". Le dijiste que no, que parecía, al fin, ignorarte. Eso pareció decepcionarle un poco, así que le diste carnaza de nuevo. "Tal vez, si le llamo para que se acerque a mi mesa...". Estabas segura de que él iba a responder que sí, que ya tardabas en hacerlo. Esperaste con ansia, pero su correo, una vez más, tardaba en llegar. Te disponías a escribirle de nuevo cuando notaste una fuerte vibración en el interior de tu coño. La sorpresa y el repentino estremecimiento de placer que subió desde tu coño hasta tu garganta casi te hicieron gemir. Era una vibración potente, que te atravesaba las entrañas y que provocaba que las paredes de tu vagina presionaran con fuerza el huevo, pidiendo más. De repente, el huevo dejó de vibrar. Te mosqueaste, no sabías qué cojones estaba pasando. Miraste de reojo a tu jefe, pero él seguía concentrado en la pantalla del ordenador. Tecleaste: "Oye, esto se ha puesto a vibrar de repente. Solo. El mando está en la caja". Antes de acabar de escribir la frase ya sabías qué estaba pasando. Esta vez, la respuesta llegó pronto: "No, niña, no está en la caja". Para acabar de confirmar tus sospechas, el huevo empezó de nuevo a vibrar mientras tu jefe te miraba con sonrisa de lobo.
"Un tío con mucha imaginación, tu novio", dijo tu jefe mientras en su mano enarbolaba con gesto de autoridad el mando del vibrador. Te quedaste de piedra. No sabías cómo reaccionar. Hubo un momento en que empezaste a enfadarte, pero la lujuria te había atrapado con fuerza y, de alguna manera, sabías que tarde o temprano algo así iba a suceder. Un nuevo mensaje apareció en la pantalla del ordenador. "Tienes mi permiso, babe, para que te coma el coño. Sin prisas. Él conectará la webcam de su portátil para que yo lo pueda ver. Disfruta, que yo también lo estaré haciendo."
(Continuará)
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Hala, eso.. dejándonos con la miel en los labios (y otras cosas en otros labios)
ResponderEliminarPor cierto.. tengo una falda escocesa que..
Eeerrr..
ResponderEliminarhum..